Campo de Agramante
La protagonista, Natalia, vacila o imagina que vacila entre el amor de su esposo Islayev (Javier Lasarte) y el amigo de la familia Raquitin (Andrés Pazos). Seguimos sobre terreno firme. Hay un conflicto, o sea teatro, y lo mismo da que el conflicto sea real o imaginario: habrá que ver qué pesa más, si alguna de las dos puntas pesa realmente, duda que alimenta la aparición del joven Alexis (Nicolás Albornoz) a quien Natalia está dispuesta a entregar sus encantos.
Al final llegan las decisiones, la vida sigue, algunos rumbos cambian y, como dice un personaje al final de Interiores de Woody Allen, que se exhibe en la cercana sala 1 del mismo Teatro Circular, hay que vivir. De pronto, adivinamos o creemos adivinar que la cantante, que está siempre cerca de Natalia, es algo así como su otro yo o quizás su consciencia: todo un golpe teatral. Este aliento hará creíble que digamos ahora cuánto sentimos lo que sigue. Pasamos por alto algunos errores de dicción, salvados o sostenidos con entusiasmo; creemos que fue el traje de Denise Daragnès, que es siempre el mismo de comienzo a fin, lo que comenzó a inquietarnos. Demasiada elegancia, un tanto por demás ajustada al cuerpo, para cualquier lugar y para cualquier hora del día, allí nos desconcertó la iluminación, que no definió nunca atmósferas, climas, la melancolía de un atardecer o la magia de una noche estrellada.
Luego empezaron a llegarnos, como por ráfagas, frases imposibles con palabras imposibles como «¿Aún sigue pensando en el amor como el bien más ‘elevado’ de este mundo?» «un ‘dechado’ de virtudes», «Adiós para siempre» o «Despídenos para siempre».
Sin duda, aquello era siglo XIX, pero en el XXI necesitamos transiciones, puentes desde la propiedad del rudo Isalayev (Javier Lasarte) a nuestras playas. Reconocemos que el lenguaje diario ha sufrido una considerable merma para expresar sentimientos.
En el Uruguay de hoy no hay forma urbana de decir qué son dos personas que mantienen relaciones sexuales sin matrimonio: «amantes» suena demasiado fuerte, «novios» es de tango y de viejo barrio, «pareja» alude en parte a consultorio de un psiquiatra (los apóstoles laicos de la yunta) y en parte a sucedáneo del matrimonio y «concubinos», una de las palabras más repelentes del idioma, está fuera de concurso. Quizás ya no tengamos tiempo suficiente para el cultivo de sentimientos delicados.
Esta incapacidad de nuestra parte, que Un mes en el campo nos revela cruelmente, nos inquieta, como espectadores, un poco más; quizás esta pieza puede ser, para nosotros, un adecuado museo de cómo se vivía el matrimonio, la amistad y quizás la infidelidad en Rusia a fines del siglo XIX.
Pero no es suficiente encontrar, como lo ha hecho Moretti, un buen tema de conflicto, un drama de la consciencia; era preciso hacer comprensibles todos sus términos a las percepciones y costumbres de hoy, y eso se ha supuesto que venía por añadidura, cosa que no ocurrió.
Poco a poco sentimos que aquello, desposeído de descripciones y de las clásicas incursiones del autor, un espectador privilegiado, en el alma de los personajes, reducido al diálogo, es una telenovela rezagada. O bien la obra no tiene caracteres lo suficientemente redondeados como para dar vida al drama, o bien esos importantes elementos se perdieron en la adaptación. Denise Daragnès, cuya actuación en Un tranvía llamado deseo de Tennessee Williams (dirección de Sergio Lazzo) marcó un salto cualitativo en su carrera como actriz, continuó siendo convincente, aunque la pieza fue cayendo. También convence Andrés Pazos, cuya áspera y muy bien expresada resignación podría deberse tanto a las desventuras de Raquitin como al escaso espacio de actuación que le ofrece el personaje.
Con la obra en situación riesgosa entra en escena la pareja joven y la obra se desbarranca. Fue una sorpresa para nosotros que Paola Venditto (Varia), que mostrara sobresalientes condiciones en sus trabajos anteriores, se revelara tan irremisiblemente lejos de una adolescente. Desde el peinado a la actitud, pasando por el traje, la dicción y los movimientos, todo era inadecuado e incómodo; pero además tanto ella como Nicolás Albornoz (Alexis) corrían por la escena tan llenos de excitación dramática que desbarataban toda congruencia de estilo. A partir de allí, sólo cabía esperar lo previsible; pero Un mes en el campo nos deparó una sorpresa adicional con una sorprendente revelación de las audaces costumbres eróticas de fines del siglo XIX. El temerario Alexis no sólo besa apasionadamente a Natalia, con unos contactos que las reducidas dimensiones de la sala 2 hace estruendosos, sino que de inmediato le manotea –lo diremos, púdicos que somos, en francés– su derrière; pero la acción se congela allí, la actriz suponemos que incómoda, el actor suponemos que desconcertado, porque ¿qué puede seguir? ¿qué se puede hacer o dejar de hacer, en escena, después de esa incursión?
Denise Daragnès tiene el físico del papel y sus actitudes y gestos son expresivos; nos parecería mejor si tuviera un mejor entrenamiento vocal, pero tal como está sus medios son satisfactorios. Lo mismo podemos decir de Andrés Pazos, que muestra sólidas cualidades de actor y una voz muy bien empleada, con absoluta precisión en cuanto a la relación entre propósitos y actuación. Del resto del elenco debemos decir que nos sorprendió, globalmente, por considerables defectos en la emisión de la voz, en el trato de los volúmenes y, en algunos casos, por la dureza de los timbres. Todo eso puede superarse y mejorar, pero este adiestramiento debió ser anterior al estreno.
El trabajo todo lo puede, y el material humano disponible por el Teatro Circular es bueno; pero el trabajo no puede suplirse por un acto de voluntad. La conclusión es que un buen propósito y hasta buenas ideas de realización se frustraron por falta del tiempo que necesariamente debe asignarse a una puesta en escena.
Un mes en el campo, de Iván Turgueniev, por el Teatro Circular. Con Denise Daragnès, Leticia Cacciatori Paola Venditto, Andrés Pazos, Javier Lasarte, Angel Medina y Nicolás Albornoz. Escenografía de Osvaldo Reyno, vestuario de Soledad Capurro, música de Fernando Ulivi, iluminación de Pablo Caballero, dirección general de Juan Carlos Moretti. Estreno del 5 de mayo de 2001, sala 2.
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