Nuevo filme de Guy Ritchie

Los diamantes son eternos

Raúl Forlán Lamarque

 

Cuando Frankie Cuatro Dedos (el gran Benicio Del Toro) practica el robo de un diamante en Amberes y luego desaparece en los callejones de Londres, la furia de los sicarios de turno –rusos, turcos y los personajes que serán arrastrados: negros, irlandeses y hasta gitanos van a estar involucrados en el asunto– se desatará a niveles fortísimos de intensidad física. Todos irán a la caza de semejante personaje, mientras continúan con el negocio de apuestas de peleas clandestinas en las penumbras de los sótanos.

En Cerdos y diamantes, el cineasta Guy Ritchie vuelve a demostrar un gran sentido plástico para la articulación de la secuencias, un manejo de las ambientaciones que son generosamente envolventes y excitantes, además de poseer un libreto que desparrama diálogos de un humor negro implacable (muy unidos a la gestación de imágenes) y a la vez de un severo contenido dramático.

Pero, en ese contexto, se constatan dos elementos primordiales: que Guy Ritchie es un formidable narrador con un trabajo de cámaras, de iluminación y de montaje fuera de serie y que, por otra parte, la historia y el modo estilístico evocan en demasía a su excelente ópera prima Juegos, trampas y dos armas humeantes con lo que, evidentemente, los méritos se rebajan.

Fácilmente se trocan las cartas de póquer por el diamante y estamos casi al borde de la misma historia en los pesados, muy heavies suburbios de una ciudad de Londres donde confluyen los personajes más extravagantes y a la vez más siniestros. También los matones como el que compone Vinnie Jones al gitano boxeador que elabora Brad Pitt con una soltura superlativa: Pitt se está convirtiendo, por la ejecutividad y solvencia en resolver positivamente su numerosos y variados personajes, en uno de los actores con mayor intuición y autoexigencia del cine estadounidense.

El humor de trazo grotesco, manchado de un color simplemente sangre, hacer rodar esta historia de criaturas tan diferentes que terminarán cruzando sus vidas en un zigzagueo por momentos cautivamente para quienes no vieron Juegos, trampas y dos armas humeantes.

Lo demás es casi un calco, y desde luego que Ritchie hace funcionar una anécdota que trata de eludir las convenciones formales del caso.

Lo mejor: cómo Guy Ritchie logra capturar esas atmósferas londinenses ‘undergrounds’ que se pudieron ver en los primeros filmes de Stephen Frears. Lo peor: cómo el cineasta prácticamente se plagia a sí mismo, aunque el rendimiento actoral y la cantidad de situaciones jocosas y sangrientas son todo un llamador.

Aun pese a los reparos, puede verse.

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