Los misterios de don Zoilo
«Barranca abajo» nos ha planteado siempre un enigma. ¿Es don Zoilo (Jaime Yavitz), realmente una víctima? El drama se cierra con su muerte, a la manera de las tragedias griegas; pero lo vemos avanzar, decidido y sin luchar, como un Cristo llevando la cruz, hacia el inevitable desenlace.
Sánchez nos da informes algo contradictorios sobre su vida. Al parecer, don Zoilo heredó el campo, con su hermana Rudecinda (Cristina Machado), de su padre. No pudo o no supo hacerlo producir. El vecino Juan Luis (Pablo Varrailhon) le reclamó el campo judicialmente, mediante una acción reivindicatoria y don Zoilo, vencido en un juicio sobre el que no hay sombras, debe entregar el campo. Pero de ser así, el título de propiedad sobre el inmueble era imperfecto y don Zoilo no es responsable ante su hermana de la pérdida de la propiedad, porque nunca la tuvieron. Curiosamente, nada se dice del padre de don Zoilo, que debe haber sido el usurpador y el responsable, al fin, tanto de un auge mal habido como de la decadencia y caída.
Una constante en Barranca abajo, que aparece en otras obras de Sánchez y que no es aquí el tema, es la permanente elusión de la responsabilidad. Don Zoilo es autoritario hasta la agresión con su mujer, su hermana y su hija Prudencia (Claudia Rossi). Se queja de todo, posa de víctima, atribuye sus desventuras a la mala suerte, a los «salteadores», las «arrastradas», los «ladrones» y «bandoleros».
Pero todo lo agresivo que es con las mujeres es frágil de voluntad y aun blando y quedado con los hombres, a los que amenaza varias veces con coserlos a puñaladas sin que nadie lo tome en serio.
Su esposa, que responde al adecuado nombre de doña Dolores (Estela Medina), en un personaje que pronto veremos reaparecer en En familia, es la «pobre madre dolorida» e inerte, con sus permanentes jaquecas, su fuga de la realidad, materializada en el pedido de unos parches, que debieron ser el equivalente de los anxiolíticos de hoy a comienzos del siglo XX, en el mismo comienzo de la obra.
La falta de aire, físico y moral, ha llevado a Robustiana (Sandra Américo), que no entiende o no quiere entender lo que ocurre, y que tampoco lucha y por demás se queja, a la enfermedad y luego a la muerte. Prudencia se desliza a una semiprostitución y Rudecinda se agota en una tensión permanente y estéril.
Toda los familiares, como corresponde en Sánchez, son muertos que caminan y van barranca abajo; y don Zoilo, incluso por su ejemplo, es, si razonamos bien, el principal culpable.
No podemos justificarlo documentalmente, pero tenemos la convicción de que en Barranca abajo Sánchez oscila sin decidirse, y con mengua del efecto dramático, entre la adhesión al criollo viejo y un tanto fuera de época, como el Olegario de M’hijo el dotor como el padre terrateniente de La gringa, y sus ataques al padre y a cuanto represente la autoridad, como en En familia, donde el sacrificio ritual del padre-rey llega a consumarse.
La puesta en escena de Júver Salcedo, que ya dirigió la obra con el elenco del Teatro San Martín en Buenos Aires, sigue fielmente las alternativas del texto, y puso en escena al Zoilo clásico, dejando intactos los interrogantes y las dificultades de comprensión de la pieza. En sus manos el teatro Victoria lució, por una vez, adecuado al patio de la estancia, y la pieza tuvo un desarrollo preciso y límpido. El elenco tuvo el desempeño de primer orden que es de esperar en la Comedia Nacional; pero debe destacarse, en el papel de Robustiana, el ascenso de Sandra Américo, una actriz de brillante porvenir.
Barranca abajo, de Florencio Sánchez, por la Comedia Nacional. Con Estela Medina, Jaime Yavitz, Sandra Américo, Cristina Machado, Claudia Rossi, Catherina Pascale, Enrique Micol, Pablo Varrailhon, Delfi Galbiati, Fabricio Galbiati y Luis Martínez. Escenografía de Adán Torres, vestuario de Carlos Pirello, música de Jorge Schellenberg, dirección y puesta en escena de Júver Salcedo. En Teatro Victoria.
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