Un drama de la música
No hemos llegado a comprender al título, porque la música (si prudentemente desoímos los disparates que profirió León Tolstoi contra la Sonata a Kreutzer), y en particular la música de esta pieza, no es maliciosa; por lo menos en ningún sentido que podamos entender.
En cambio la obra trata de lleno con el gran tema de la relación maestro-discípulo: un célebre profesor de música vienés es sustituido por un autoritario subalterno, Josef Mashkan (Héctor Bidonde) que se encarga de enseñar y transformar a un discípulo, Stephen Hoffmann (Juan Manuel Gil Navarro), aun a pesar suyo.
Hay algo de Master Class, sin su inolvidable llamamiento a la unión de arte y vida; hay algo del filme El maestro de música, con menos drama; pero Canciones maliciosas aporta poco al estudio de la relación maestro-discípulo y muy poco al conocimiento del lied, aunque gustará a los aficionados a la música seria. Al fin, la obra resulta demasiado extensa para lo que tiene que decir.
Un demérito particular para la dirección (Manuel Iedvabni), que acometió la obra con un fortissimo del que no pudo bajarse, perdiéndose matices y contrastes. Ello fue responsable, en parte al menos, de la afonía de Héctor Bidonde en la última presentación, que dejó a los espectadores sin los últimos veinte minutos y el desenlace, lamentable falla que creemos pudo y debió remediarse, entre aplausos, si Gil Navarro (aún posiblemente auxiliado con la mímica de Bidonde) hubiera contado el fin a la platea.
Canciones maliciosas, de Jon Marans, en versión de Fernando Masllorens y Federico González del Pino, con Héctor Bidonde y Juan Manuel Gil Navarro. Escenografía y vestuario de Alberto Bellatti, iluminación de Rodolfo Traferri, dirección musical de Patricia Averbuj, dirección general de Manuel Iedvabni. En Teatro Stella, sala 1.
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