El cero y el infinito
El protagonista es el mismo actor y autor, Eduardo Pavlovsky, y la obra, en algún momento, cuenta su vida y su obra.
El episodio de la ninfa que se excita con la dentadura postiza es de Textos balbuceantes, el episodio del boxeador viene en parte de El señor Galíndez y en parte de Camaralenta.
Todos los fragmentos que componen la obra, relacionadas entre sí por el director Daniel Veronese en base a algunos gestos y palabras que se repiten, son angustiosos; en particular el primero, la morosa agonía de una mosca a la que el solitario que la contempla resuelve llamar «Marguerite Duras».
Es un episodio que hiere y ensancha una herida; que convoca demonios y los exorciza; que bromea, pero que muestra detrás de cada broma un problema oculto. El autor, que en Rojos globos rojos, se identificó con los escombros de la sociedad, da un paso más allá y humaniza a la mosca que muere en sobria soledad con el muy humano nombre de «Marguerite Duras».
Como actor, Pavlovsky parece siempre una nueva dimensión del arte del intérprete. Apenas hay un sillón en el escenario de la sala Atahualpa y una mosca que nunca se ve, y de la que Pavlovsky amplifica la muerte con el movimiento de una de sus manos.
A partir de este casi nada, el arte de Pavlovsky convoca, con un papirotazo, al Universo.
La muerte de Marguerite Duras, de y por Eduardo Pavlovsky, con luces de Guillermo Arengo y dirección de Daniel Veronese. En Teatro El Galpón, sala Atahualpa.
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