"Hermosura", por "El descueve"

Esfinge sin enigma

Entre el público aficionado al teatro encontramos dos opiniones, muy diversas y definidas, sobre Hermosura.

Los unos se dejaron llevar por el ímpetu de los bailarines, su desenfado juvenil, su renovación lustral: se sumergieron en un mar de imágenes, metáforas, acciones. Los otros, seres con espíritu sintético, buscaron los fines, el sentido, los propósitos, y no los encontraron.

Los primeros fueron ditirámbicos, hablaron con metáforas; los últimos, racionales, fueron francamente escépticos. Hubo acuerdo en las destreza técnica, que a los primeros fue suficiente y a los últimos les pareció casi un desperdicio.

Nosotros creemos que El descueve y esta Hermosura, plantean interesantes problemas de apreciación. El grupo no parece dejar demasiadas hendijas donde encontrar un punto de apoyo para el pensamiento, que como la palanca de Arquímedes movería al mundo. Desde el título, Hermosura, al que no le hemos encontrado justificación, El descueve provoca, atrae, desorienta, deja pistas que pueden ser falsas, nos descoloca y nos redefine.

Lo que hizo El descueve en el escenario incómodo del Teatro del Círculo, es admirable e ininteligible. Se admira la búsqueda de lo nuevo y vivo, pero no se perciben bien los hallazgos; se aprecia la exploración de formas expresivas, pero el arte no es sólo la creación de un nuevo alfabeto.

En lo que se refiere al propósito de la obra, o bien no lo tiene y es un acto gratuito, una frivolidad, o bien nos damos contra una pared de misterio, un muro (elemento que suele aparecer en los espectáculos de El descueve) donde nada hay escrito.

Se baila enérgicamente, sobre todo en el primer episodio; los cuerpos se abrazan, ruedan y se enredan, saltan y hacen cabriolas; un áspero y sano erotismo –con un punto alto en el strip tease de Mayra Bonnard– es la constante mayor.

Los admiramos, sentimos una simpatía difusa pero distante, el grupo se hace difícil de compartir: El descueve es devoto de su arte, al que entregan sin duda desvelos y sueños; pero no sabemos cuál son sus sueños y ni siquiera sabemos qué sueños persiguen.

Por momentos Hermosura parece un arte privado, con clave, hecho por y para pocos, a los que, sin duda, significa mucho. Creemos que, en el fondo, el nombre del grupo dice más de lo que parece: algo está por salir de una cueva; hay misterio y expectativa, el parto no ocurre. El descueve es una esfinge que ha detenido al tiempo, pero su futuro no tiene promesas.

 

Hermosura, por El Descueve, con Carlos Casella, Ana Frenkel, María Ucedo, Gabriela Barberio, Mayra Bonard, Daniel Cúparo y Juan Minujín. Escenografía de Alberto Negrín, música de Diego Vainer, luces de Gonzalo Córdova, vestuario de Trosman-Chuba y El Descueve, dirección general de Carlos Casella y Ana Frenkel. En Teatro del Círculo.

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