Donde una página de Gabo es más de dos minutos de escena
La capacidad de simplificación del adaptador Mijail Levitin pareció agotarse en la reducción del ampuloso título original a Eréndira y su abuela; el resto de la obra no tuvo esa sobriedad y padeció, inversamente, de tanta amplificación, lentitud y detalle que comprometió la eficacia del espectáculo, lo que el director pareció complacerse en agravar con una fastidiosa charla previa de unos diez minutos donde dijo querer justificar la agotadora extensión de su pieza.
Los directores rusos que hemos podido apreciar, como Trepliakov y Sturua, tienden a la construcción de grandes y sólidos bloques, muy firmes pero también muy difíciles de tratar. Es una lástima.
Con la única salvedad del texto de García Márquez, esa inviable abuela que quiere ser más grande que la vida y que no pasa de ser un personaje tan chato y previsible como la Nona de Roberto Cossa –no menos desalmada e inmune al veneno, pero aquí con compulsiones artísticas en vez de la bulimia– todo lo demás alcanza la excelencia.
La dirección es refinada: la prolijidad no significó desorden ni la morosidad abandono, y no se admitió al tedio; el ritmo fue muy bien medido, los efectos teatrales fueron de una seguridad admirable, la iluminación fue expresiva, la banda sonora justa y bien ensamblada con la acción.
La actuación, uno de los puntos fuertes del teatro ruso, fue sobresaliente: en particular Daria Belousova en el papel de la abuela y Dobronsky en el papel del fotógrafo. Todas las enseñanzas de Stanislavsky parecieron condensarse en acción, con nobleza y elegancia, en la Sala Brunet.
Eréndira y su abuela, de Mijail Levitin, sobre el cuento de Gabriel García Márquez, por el Teatro Ermitage de Moscú, con Daría Belousova, Olga Levitina, Boris Romanov y Alexander Pozharov, dirección general de Mijail Levitin. En Sala Brunet.
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