Julia Roberts y Brad Pitt en La Mexicana

Amor a la mexicana

Así que no hay novedad en La mexicana, una historia cuya mayor desgracia recae precisamente en las debilidades y hasta torpezas del guión. Lo cierto es que Brad Pitt, como Jerry, endeudado, debe traspasar la frontera, apearse en un bar de mala muerte en territorio azteca para recuperar la legendaria pistola a la que se alude desde el título. No las pasará muy bien que digamos.

Mientras tanto, la chica de sus sueños, interpretada por Julia Roberts (Samantha), al enterarse de la misión de su boyfriend, lo expulsa de la casa e, intransigente, arroja por la ventana todas sus pertenencias. Se acabó. Esfumate. Y así la mujer bonita más cara de Hollywood decide irse a la ciudad de las tentaciones como lo es, evidentemente, Las Vegas.

Samantha no está en conocimiento de que si Pitt no cumple con su misión, la mafia se hará cargo de su esqueleto. Tampoco que ese vivaracho Leroy (el notable James Gandolfini, quien ha logrado alta popularidad por su protagónico en Los sopranos) que se le pega a Samantha como lapa, es un sicario que le recuerda al personaje cómo hacer su trabajo.

La mexicana es de esos bodrios-fórmula que, en todo caso, desaprovechó en forma más que penosa la química que podría haber existido entre Brad Pitt y Julia Roberts. Lo mejor del asunto, paradójicamente, está en los primeros tramos de la anécdota y más que nada en los diálogos que cruzan la Roberts y Gandolfini. El de este último es el único personaje que posee carnalidad, un perfil y un temperamento determinados, mérito exclusivo del oficio y la intuición de Gandolfini. Mientras tanto Pitt y la Roberts derivan entre la acción y la comedia, en medio de un libreto sin ninguna densidad, más bien insípido y siempre previsible.

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