Fotos de arquitectura por arquitectos
La arquitectura es el arte colectivo por excelencia. Al contrario de la pintura, de afirmación individualista. El predominio de una u otra, en cada siglo, define los intereses de las clases dominantes en la sociedad. El triunfo de la pintura en el siglo XIX, esencialmente individualista, con la emergencia de incontables personalidades (también en la poesía, la música y la literatura), opacó el nivel creador de la arquitectura y la sometió a una retórica eclecticista. Que volvió por la revancha en el siglo XX y XXI, con la revolución de las masas, los nuevos y grandes temas para multitudes de la acelerada industrialización. Es que la arquitectura está hecha para vivir y convivir. Es funcional y representacional. Observada desde el exterior es un volumen cuya resultante principal es la fachada. Una fachada bien resuelta indica su carácter y utilidad. Al entrar, se descubre el espacio interior y al recorrer los diversos ambientes se agrega la dimensión temporal, las tensiones que se establecen en el recorrido.
No obstante, es muy común reducir la arquitectura al volumen exterior, la fachada. Excepcionalmente las publicaciones sobre el tema, que abundan en fotografías de exteriores, sólo algunas introducen aspectos del interior, otras agregan la lectura de planos. Lo mismo sucede con las exposiciones. Y no siempre se tiene el cuidado de advertir, al público no especializado, que la fachada es un aspecto, importante sin duda, de un entramado más complejo a vivenciar, para comprenderlo en su verdadera dimensión. Saber ver la arquitectura no es sólo el título de un célebre libro de Bruno Zevi. Debería ser materia de divulgación permanente. Algo similar sucede, en la enseñanza en Uruguay, en las demás artes visuales. El ojo no está entrenado, capacitado, para el disfrute en profundidad de las obras. El analfabetismo visual predomina, mucho antes que lo sentenciara Peter Greenaway en la fascinante erudición e inútil pesquisa detectivesca del filme Acusen a Rembrandt, de un realizador de enorme talento que sin embargo considera al genio holandés de superficial. Nada menos que al más intenso pintor y grabador de la historia del arte occidental.
Pero algo está cambiando. La Facultad de Arquitectura planifica, en estos momentos, un sistema de articulación más abierto y directo con la comunidad, comenzando con el programa de exposiciones itinerantes por diferentes departamentos sobre arquitectos nacionales (la última, de Juan A. Scasso, tuvo buena acogida).
Se agregan, ahora, dos emprendimientos particulares en la Sala Carlos F. Sáez, sede del Ministerio de Transportes y Obras Públicas, un lugar por demás indicado para la realización de dos muestras a cargo de dos arquitectos.
Dos arquitectos que al mismo tiempo son dos excelentes fotógrafos de arquitectura. Las exposiciones, modestas en su presentación, ofrecen aspectos diversos, más extensos o más concentrados, de la arquitectura en Montevideo y el resto del país. Invitación a navegar.Barcos de ladrillo, por Juan Pedro Margenat, retoma el título e introducción del libro homónimo que publicó en 2001. La exposición es una violenta pero bien venida síntesis de la amplia investigación del libro, centrada en la arquitectura de referentes náuticos entre 1930 y 1950, una corriente derivada del Art déco, surgida en los felices años veinte en la incipiente progresista sociedad de consumo. Lo cierto es que los arquitectos de entonces lograron, calidad y estilo, que aún hoy resultan admirables referentes culturales. El Planeta Palace, Hotel Atlántida, 1939 de Natalio Michelizzi, o el Edificio Proamar de Rafael Ruano, semejan la proa de los asombrosos transatlánticos de la época, para citar dos ejemplos de un panorama notable de la arquitectura nacional.
Obras de arquitectura nacional de las décadas del 20 al 50, es la propuesta de César Loustau, minucioso historiador, con una bien aprendida técnica fotográfica derivada del maestro estadounidense Julius Shulman, registra el cuerpo íntegro de los grandes edificios en una soberbia captación (es excepcional la claridad del Edificio Centenario, de difícil observación en su estrecha ubicación), los asombrosos efectos del enfoque en el Palacio de la Luz, el Banco República, sucursal «19 de junio» y el Edificio 14 de Mayo, que parecen reinventados en su afinada perspectiva, en inteligente equilibrio del aprovechamiento de la luz natural y la incidencia sobre los edificios. Son 50 fotografías que partiendo de la Aduana de Montevideo (1923) termina en el Edificio Ciudadela (1959) en un recorrido de emblemáticas construcciones que definen el urbanismo montevideano. El muy recomendable el catálogo con el índice ubicando cada obra y sus características técnicas y estilísticas.
Ambas exposiciones, necesarias, en coincidencia temporal, dialogan con sus sutiles y variados puntos de vista y permiten conocer nombres de arquitectos y edificios que no siempre tienen la deseable difusión. Es una oportunidad para saldar los baches existentes en el contacto de la ciudadanía con los creadores y creaciones en Uruguay. Hay que felicitar a María E. Yuguero, directora de la sala Carlos F. Sáez y curadora de las muestras, al introducir una instancia renovadora en su programación anual, significativa e indispensable en su proyección cultural y social.
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