Chéri: un romance prohibido en sociedad hipócrita y decadente
Aunque en algunas naciones europeas conservan el prestigio que otorga la tradición, estos personajes de rancia estirpe que suelen ostentar pomposos títulos nobiliarios, ya no gozan de la misma visibilidad social de otros tiempos.
Sin embargo, en muchos casos, siguen amasando faraónicas fortunas legadas por sus antepasados, cuyo origen, en muchos casos, fue la conquista, el pillaje y la explotación de sus súbditos.
Potenciada por las crónicas inequidades del capitalismo hegemónico, esa cultura de acumulación engendró una nueva clase dominante, que detenta la propiedad de los medios de producción y, con frecuencia, se suele apropiar de la riqueza creada por la fuerza de trabajo asalariada.
En «Chéri», el realizador británico Stephen Frears construye una historia de romances prohibidos y desencontrados, rupturas y desencantos, ambientada la esplendorosa París de comienzos del siglo pasado.
Este filme es una adaptación cinematográfica de la novela homónima de la escritora francesa Colette, una de las plumas más incisivas y controvertidas de la denominada Belle Époque, que, con su osada escritura y su vida desenfadada, escandalizó y desafío a las pacatas convenciones sociales imperantes.
La literatura de esta escritora, que fue escasamente valorada y bastante denostada en su tiempo, reivindica el derecho de la mujer a emanciparse de la tutela masculina y está marcada por un explícito perfil de sexualidad y carnalidad.
La película narra la historia de una acaudalada cortesana envejecida, quien se relaciona sentimentalmente con un joven libertino que tiene la mitad de su edad.
La protagonista es Lea de Lonval (Michelle Pfeiffer), una prostituta retirada y de la alta sociedad, quien logró alcanzar una sólida posición económica y social a expensas de los amantes aristócratas que compartieron su alcoba.
Este nuevo romance, que para la mujer tiene mucho de resurrección, es fruto de la mediación de Madame Peloux (Kathy Bates), madre del inmaduro Chéri (Rupert Friend), quien también se enriqueció y crió a su hijo ejerciendo el meretricio.
Sin embargo, lo que comienza siendo para el joven un mero juego o experiencia de aprendizaje de las costumbres y los ritualismos de la clase dominante, deviene en un apasionado amor.
Gracias a la experta batuta de un cineasta de la talla de Stephen Frears, lo que pudo haber sido un indigesto folletín propio de un teleteatro de mero consumo doméstico, deviene en un filme fino y sensible, que discurre entre la comedia y el drama.
El relato comienza con una secuencia propia de un vaudeville, donde una madre pretende casar compulsivamente a su hijo con una joven aristócrata, a cambio de una cuantiosa dote. Sin embargo, para concretar su propósito, debe adiestrarlo y alejarlo de sus hábitos noctámbulos, el alcohol, la droga y las relaciones de ocasión.
Este tramo de la narración tiene un tono deliberadamente burlesco y desenfadado, pleno de diálogos chispeantes y de doble intención e irónicos apuntes a la frivolidad de una clase social decadente.
Sin embargo, esa comedia satírica evoluciona luego hacia un intricado drama, donde los personajes comienzan a revelar sus miserias y conductas ambivalentes. Esta es la historia de dos prostitutas ricas pero en plena decadencia física y de un infortunado joven de padre desconocido, que luchan por mimetizarse en una sociedad hipócrita y superficial. Aunque gozan de la supuesta libertad que les otorga su sólida posición económica y su rango social, los tres son seres agobiados y prisioneros de su soledad y sus conflictos. Es una historia de amores imposibles y voluntarias represiones, narrada con el fino pulso y la paleta artística de un avezado realizador cinematográfico. «Chéri» es el explícito retrato de una sociedad aristocrática decadente, potenciado por una cuidada reconstrucción de época, una exquisita fotografía y las soberbias actuaciones de Kathy Bates (inconmensurable) y Michelle Pfeiffer.
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