"El viejo y la mar" en el Teatro Circular

En las orillas de Hemingway

La obra es la escenificación de «The old man and the sea» de Ernest Hemingway. Con todo respeto por un director como Amanecer Dotta y por uno de nuestros mejores actores como Walter Reyno, debemos decir que la obra, contra lo que se atribuyen en el programa, no les pertenece.

No entendemos una pretensión de autoría que se apoya en frases vagas como que «…’teatro’ es la circulación de la energía entre los diferentes creadores» (sic) creadores que serían, por supuesto, los actores, los músicos, los iluminadores y, al fin y menor, «…el viejo maestro americano de historias puras» (sic) cuyo nombre, curiosamente, se omite; argumento que si vale para «El viejo y el mar» vale también para cualquier otra obra.

La perplejidad del espectador se agrava con el prólogo verbal de Amanecer Dotta, que contiene el poco creíble anuncio de que no vamos a ver una obra de teatro sino un ensayo general y que la obra cambia día a día; afirmación que sólo puede ser verdad en el sentido, muy limitado, de que, como estamos vivos, no tenemos dos días iguales, del modo en que un gesto tan reiterado y mecánico como nuestra firma, aunque reconocible en su carácter, no es nunca el mismo objeto gráfico.

La pretensión de crear mediante improvisaciones, o de fingir que se improvisa, por lo demás, no es nueva y fue una de las tantas desdichas que Pirandello infligió a los espectadores, tanto en «Esta noche se actúa improvisando» como en «Seis personajes en busca de autor» y está en el fondo del estilo balbuceante y machacón del teleteatro argentino.

También el viejo cuento de «La dama y el tigre» dejaba el desenlace abierto, librado al lector; diversos libros infantiles proponen aventuras diferentes, según las opciones que se elijan, Julio Cortázar en «Rayuela» molestó deliberadamente a sus lectores proponiéndoles dos posibles novelas dentro de un mismo libro y una obra policial de Paul Portner, «Tijeras fatales», que dirigió en nuestro medio Omar Varela (1994), exigía del público la determinación del culpable de un crimen y por lo tanto el desenlace de la pieza, que podía no ser el mismo todos los días.

Todos estos trucos, todas estas declaraciones, todas estas buenas intenciones quieren colmar el notorio vacío que usualmente separa el escenario, donde los actores dicen algo aprendido de memoria, de los espectadores. Se olvida que el público sabe y debe saber que aquello es convención, una ficción preparada y aprendida; y aun que no puede ser de otra manera. La obra debe comprometer al espectador, debe llegarle al alma, pero no debe ser «real» en el sentido de que no debe estar sucediendo ante nosotros; y sobre todo de que no debe simularlo.

Todo el mundo sabe cómo terminan «Edipo rey» o «Macbeth» o «En familia» antes de empezar; nadie ignora que son obras escritas previamente, ensayadas y armadas, gigantescas máquinas a las que no puede faltar una sola pieza para lograr su impacto en el corazón del espectador. Y para improvisaciones, que no creemos tampoco espontáneas, tenemos suficiente con el insoportable «Gran Hermano» y su ridícula sacerdotisa vestida de satin blanco que distribuye sin piedad los caramelos de la psicología vulgar que gastan los «comunicadores».

No han parado aquí los equívocos. Parece que «El viejo y el mar», en nuestro medio, por misteriosas razones de «derechos de autor» proveídas por no menos misteriosos jurisconsultos, debe llamarse «El viejo y la mar». Se ignora, en primer lugar, que Hemingway –que sabía español y que menciona en su libro la locución «la mar»– no escribió ni uno ni otro título, designando al mar con el artículo determinante que en inglés es común de ambos géneros («The»); pero se cree, además, y esto es mucho más grave, que el derecho es un arte de tahúres, actuado con disfraces, engaños y subterfugios y basado en normas de pacotilla que se burlan y desbaratan con el grueso recurso de cambiar un «el» por un «la».

Esta adaptación teatral de «El viejo y el mar» cuenta la anécdota de la octogésima quinta salida del pescador, su lucha, triunfo y su derrota final. Nada agrega, y hay cosas que faltan. Falta el niño, al que se habla sin que se lo vea; pero es el niño a quien el pescador enseñó a pescar, que atiende y auxilia al hombre mayor. Falta, esencialmente, el cupitor impossibilium, el ansia de cruzar las fronteras, de pasar los límites, de robar el fuego del cielo: la frase de Nietzsche «…si no puede superarse a sí mismo, qué poca cosa es el hombre». No encontramos ni el estoicismo de corte romano ni esa peculiar exaltación del coraje, tan personales de Hemingway, con su fascinación por la muerte, su admiración por los toreros y sus riesgos, su práctica del boxeo, sus galanteos con el peligro, todo lo que sea caminar por el filo de la vida, ese vivir peligrosamente que lo llevó a terminar sus días, como Henry de Montherlant, otro estoico, otro deportista, otro admirador y hasta practicante del toreo, con el suicidio. Le falta al texto de Dotta y Reyno el arte refinado de Hemingway, reducida la anécdota a las frágiles palabras que pudo o podrá proveer la adaptación, y que no son ni indiferentes ni intercambiables.

Como consecuencia, la anécdota pierde peso, se agrisa, se hace monocorde, deja oír siempre la misma nota: malgrado la presencia del actor, el espectáculo tiene menos impacto y emoción que la simple lectura. «El viejo y el mar» es una ilustración en escena de una obra literaria que ha sido previamente vaciada de lo esencial.

Pese a estos deméritos, la obra se sostiene con la actuación de Reyno, siempre dentro de su personaje, siempre expresivo, a menudo patético, con buen trabajo corporal y una buena graduación de tono y volumen de voz. En su labor, quizás como una alusión y hasta una proyección de su larga y brillante carrera como actor, está, si no el pescador de Hemingway, su propia y larga lucha contra lo inasible, contra el dios de las tablas, su pez espada, su botín, que esta vez nos llega indemne hasta la tierra firme de la platea del Circular.

El viejo y la mar, de Ernest Hemingway, adaptación de Amanecer Dotta y Walter Reyno, por el Teatro Circular de Montevideo, con la actuación de Walter Reyno. Escenografía de Osvaldo Reyno, música de Alfredo Leirós, iluminación de Hugo Leao, dirección de Amanecer Dotta. Estreno del 12 de abril, Teatro Circular, sala 1.

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