Teatro. "Ultimo piso del hotel California", de Santiago Sanguinetti, en Espacio Palermo

¿Qué les pasa a los jóvenes con el sexo?

Al principio creímos, dada la abundancia de cópulas en marcha, que, enfrentados a ocho piezas de hotel cuya cuarta pared fue suprimida, participaríamos como «voyeurs». No alarmarse: hay poco o nada para ver.

Por ejemplo, en la primera de las ocho piezas del hotel una mujer casada, con una vida familiar estable, contrata a una prostituta para hacer el amor; riñen; salvo que puedan hacer el amor vestidas, no hay nada más audaz que ponerse a jugar a las cartas. Sigue un matrimonio aburrido que intenta un trío erótico con una mujer; el afán de cumplir un plan predeterminado y escrito, frustra o enfría todo. Una sádica, con el atavío convencional de cuero y metales mortifica a una joven atada; una joven anuncia y demora su suicidio, revólver en mano e hiere accidentalmente a su hermana; dos jovencitas aniñadas, a cuyo cargo parece estar el amor ingenuo y puro, se unen en el amor con diversos cambios de vestido y largas conversaciones, un joven saltarín hace el amor con una mujer que oculta la penosa circunstancia de estar enferma de sida. Curiosamente, no hay una sola escena, de sexo o de amor, entre dos hombres.

Con lo que acabamos de escribir están dichas todas o casi todas las anécdotas. Ahí se queda todo el último piso. No hay un desarrollo, sino reiteraciones; no hay personajes que se definen en la acción sino diagramas de seres, meras sombras, apuntes a lápiz para una obra que no llega a escribirse. Quizás para compensar esta ausencia de movimiento hay hacia el fin hay un giro fantástico e imprevisto, entre «A puerta cerrada» de Sartre y el cine de terror: nadie puede salir de su habitación. Sigue un largo discurso apocalíptico a varias voces, que nos recordó a las catástrofes planetarias de «Ararat». Fin de la obra.

Encontramos en «Ultimo piso del Hotel California» un mérito, la pluralidad de personajes, que trae un atisbo de la casi infinita variedad del mundo, en particular del mundo ciudadano. Pese a transcurrir las acciones entre cuatro paredes, hay una ventana abierta a la calle. Es lo único. Todo lo demás es lineal, redundante, vulgar. Dos defectos de escritura deslucen la prosa de Sanguinetti: el primero es el incontrolado torrente de frases sentenciosas, con generalizaciones tan rotundas e inverificables como «se coge por ganas de matar y se mata por ganas de coger»; el segundo, en el extremo opuesto del espectro, es la poesía convencional, como «he fusilado a todas las alondras para que sólo queden los ruiseñores», desliz literario que peca, como observó Borges, de que entre nosotros los ruiseñores no son pájaros de nuestra realidad, donde no existen, sino pájaros de la literatura. Por una lado la seudo filosofía, por el otro la seudo poesía. El teatro habla otro lenguaje, ni racional ni extravagante; pero no está al alcance de la improvisación, y padece y muere por el descuido.

ULTIMO PISO DEL HOTEL CALIFORNIA, de Santiago Sanguinetti, con Sofía Hernández, Maité Gadea, Verónica De Feo, María Noel Ríos, Lucía Senra, Gabriela Freire, Cecilia Cauteurccio, Piero Dáttole, Florencia Schiavone, Valentina Gedanke, Josefina Trías, Sofía Visca, Matías Sanjurjo y Lucía Dotta. Escenografía de Fernando Scorsela, iluminación de Martín Blanchet, banda sonora de Alfredo Leirós y Sylvia Meyer, dirección de María Dodera. En Espacio Palermo, estreno del 11 de julio.

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