Retrospectiva de Werner Herzog
El pretexto es el estreno de Un maldito policía en Nueva Orleans, película reciente de Werner Herzog protagonizada por Nicolas Cage que repite con variantes un famoso film noir (muy noir, realmente) de Abel Ferrara. Ese filme cerrará este ciclo que propone una revisión, si no completa, por lo menos considerablemente abarcadora de la trayectoria y evolución de Herzog, director de notoria importancia en la renovación del cine alemán de los años setenta y comienzos de los ochenta. Una obra particular, diferente y creativa, quizás maldita e infrecuente, dedicada a violentar a menudo las convenciones del cineespectáculo, priorizando un cine fuertemente autoral.
Entre lo atormentado y lo extravagante, Herzog impuso su sello personal a una trayectoria rica y provocativa.
Cuando se le pidió cierta vez que valorara el fenómeno de auténtica renovación que significó, hace casi cuatro décadas, el Nuevo Cine Alemán (Kluge, Fassbinder, Reitz, los Schamoni, Schroeter, Schlondorff, Syberberg, Wenders, él mismo), y el papel que le tocó representar en ese movimiento, Werner Herzog afirmó: «Soy un sobreviviente». Y agregó: «Fue una especie de milagro, un misterio que no termina de explicarse. De pronto, en varias partes del mundo, el cine empezó a cambiar.
La Nouvelle Vague, la Primavera de Praga, el Cinema Novo brasileño, el propio cine alemán. En el caso de Alemania, teníamos que inventarlo todo, el cine realmente no existía»?
Como muchos de sus filmes, la biografía de Werner Herzog parece una mezcla de realidad y fantasía. Nació en Munich el 5 de setiembre de 1942 con el nombre de Werner Stipetic, y creció en una granja de las montañas bávaras. Descubrió el cine a los catorce años (hasta entonces no había visto nunca una película), escribió su primer guión a los quince, y a los diecisiete años realizó su primera película, un documental sobre el sistema penitenciario alemán.
A los dieciocho emprendió el primero de sus múltiples viajes y llegó hasta Sudán, donde fue mordido por ratas y permaneció enfermo varios días en un establo solitario. También se desempeñó como soldador en una acería, asistente en un estacionamiento y jinete en un rodeo.
Entre tanto estudiaba teatro, literatura e historia en la Universidad de Munich, viajó a Estados Unidos gracias a una beca Fullbright, intentó aprender cine y televisión en la universidad de Pittsburgh (donde duró tres días), trabajó en la NASA y hasta contrabandeó televisores a través de la frontera mexicana.
En 1964, un premio Carl Mayer a guión le permitió hacer el que sería su primer largometraje, Signos de vida, que obtuvo un Oso de Plata en el festival de Berlín. En los años siguientes se convertiría en una de las figuras más importantes del denominado Nuevo Cine Alemán, surgido a partir del manifiesto de Oberhausen de 1962. Apasionado del alpinismo, fanático de los viajes, vive mayoritariamente en Munich y alterna los trabajos para el cine, teatro y ópera.
En palabras del crítico español Manuel Alcalá, «Werner Herzog es, en el panorama del Nuevo Cine Alemán, un cineurgo típico, es decir un creador.
Su cine produce la impresión de realizarse más por necesidad interna que para lograr la complacencia de los espectadores.
De ahí su poco sentido comercial. Herzog necesita un cine metafísico, más allá de la incómoda realidad. Sus imágenes tienden, por lo mismo, a evitar toda distracción temática, obligando al espectador al repliegue de su fantasía, a veces mediante hábil utilización de la óptica, que va de la alucinación a la antiestética».
Alcalá prosigue: «Ya muchos de los títulos de su producción son llamativos.
Abundan las palabras sugerentes: signos, éxtasis, espejismos, enigmas. Otras veces, las definiciones sugieren situaciones límite: país del silencio y la oscuridad, la ira de Dios, futuro truncado, todos para sí y Dios contra todos. En cualquier caso, rara vez se hacen concesiones a la espectacularidad, o al título fácil.
El cine de Herzog es atormentado y extravagante. Lo primero como consecuencia de una vida afectada por los problemas familiares, políticos y religiosos.
Lo segundo por su sentido creador y marginal, su postura inconformista y sus continuos ensayos experimentales. Obsesionado por el celuloide desde su infancia, Herzog ha sido considerado por años como artista «maldito» y sistemáticamente mal comprendido por la crítica.
Su constancia inquebrantable, su gran humanismo y su sólida formación con viajes incesantes por los cinco continentes, le han abierto empero paso a un reconocimiento».
Este ciclo reúne una docena de filmes de Herzog, y resulta lo suficientemente representativo de la variedad, riqueza y hasta irregularidad de su obra.
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