Un ataúd para el teatro independiente
Vivimos hoy no una sino varias utopías, en una demostración de la verdad literal de las palabras de Oscar Wilde de que ningún mapa del mundo está completo si no contiene al país de la Utopía.
La democracia fue y es considerada (Bossuet, Joseph de Maistre, Burke y, entre nosotros, el ex presidente Sr. Juan M. Bordaberry) como una utopía y hasta como un ataque a los designios del Altísimo, que nombró a los reyes como sus ministros en este mundo; en cuanto al capitalismo sólo la «clase estéril», como la burguesía, se ocupaba en actividades distintas del cultivo de la tierra, al que Quesnay («Tableau économique»,1758) consideraba la única fuente de riqueza.
«El cerco de Leningrado» toma a la chacota al teatro político de izquierda. Es, por su parte, teatro político de derecha aunque no lo quiera, como Fontanarrosa y casi todo el teatro uruguayo de hoy, lo sepan o lo ignoren sus autores. No es un réquiem por el teatro independiente, que por más que se obstine F.U.T.I. en una supervivencia burocrática, no pasa de ser una sigla: «El cerco de Leningrado» hoy, es una especie de himno patriótico de las milicias triunfadoras.
Hemos visto tantas piezas de teatro cuyo sentido social es, deliberada o inconscientemente, desvirtuado o ignorado («Los veraneantes» de Máximo Gorki, «El jardín de los cerezos» de Anton Chejov, «La casa de Bernarda Alba» de Federico García Lorca, «La misión» de Heiner Müller) que no nos sorprende que se pase de la desfiguración a la burla directa.
En «El cerco de Leningrado» vemos en escena a la viuda y a la ex amante de un director de teatro, muerto hace decenios, en circunstancias no esclarecidas y cuando iba a poner en escena una pieza llamada «El cerco de Leningrado». La crisis las golpea cuando el «Teatro del Fantasma», todo un nombre para un teatro independiente muerto pero insepulto, va a ser expropiado y demolido, todo un signo de los tiempos. Sigue un giro final artificioso cuando se revela el discutible contenido de la pieza que estaba por montarse, que pone un signo de interrogación sobre la muerte del director.
Como anotamos en la indignada recensión de la puesta en escena de esta misma pieza estrenada el 3 de agosto de 1995 (Dahd Sfeir y Nelly Antúnez, dirección de Omar Grasso) que publicamos el 16 de agosto de 1995, el argumento no es más original que la gastada pero volvedora reunión de los deudos ante el féretro de un familiar («Hay que deshacer la casa», «Nosotras que nos queremos tanto», «Mujeres en el armario», «Algo en común», «De madera de nogal», «Un poco de suerte», etcétera.). Es lo que parece quedar del teatro militante: una inclusión en una monografía, un cortejo frío, quizás un desprecio sin lágrimas.
Sin embargo, ni la puesta en escena de Arturo Fleitas ni la actuación, donde vemos sobresalir a Maruja Fernández, que da a su personaje cierta ambigüedad que sugiere otro posible sentido de la obra, dicen con total claridad su tentativa de demolición del teatro abiertamente político de los años 50. Esta mínima vacilación es todo un homenaje a nuestro mejor teatro, hoy un fantasma, un zombie que sólo persiste en algunas tercas memorias.
EL CERCO DE LENINGRADO, de José Sanchis Sinisterra, versión de Arturo Fleitas, por El Galpón, con Maruja Fernández y Solange Tenreiro. Iluminación de Juan José Ferragut, ambientación sonora y dirección de Arturo Fleitas. En teatro El Galpón, sala Cero.
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