El comienzo de la Muestra Internacional de Teatro

La Novena Muestra Internacional de Teatro que organizó la Asociación de Críticos Teatrales del Uruguay comenzó el 19 de abril con un espectáculo integrado por «Yambo Kenia» y «Contrafarsa» (*), cediendo a esa incoercible tendencia vernácula de hacer las cosas al revés: no olvidaremos una extraña celebración de un aniversario de la Comedia Nacional donde, en vez de presentar diálogos, escenas o recitado de poemas se pasó penosamente un video con propaganda de cierto refresco patrocinante. Posiblemente haya incidido en ese error de hoy la feliz elección de Jorge Esmoris y su «Antimurga B.C.G.» en una muestra anterior y para el mismo propósito inaugural; pero Esmoris, además de murguista es uno de nuestros mejores actores de teatro y además tiene un sentido único del humor, una rapidez de reacción increíble, una sensibilidad impar para el espectáculo y un cultivo esmerado de la comunicación, cualidades todas ellas de las que carecieron tanto «Yambo Kenia» como «Contrafarsa».

El programa de mano, objeto que debería llamarse «pararrayos», dice que hay una «interacción entre el Carnaval Uruguayo y el Teatro Nacional» (así, con esas solemnes mayúsculas) y que el Carnaval es «…la expresión artística con mayor arraigo popular» y de «masiva concurrencia». No habíamos percibido la interacción que hubo, suponemos, entre «Las tres hermanas» de Chejov, dirigida por Atahualpa del Cioppo en El Galpón o «Marat Sade«, dirigida por Federico Wolff y los Curtidores de Hongos o los Asaltantes con Patente, sea que se mire la «interacción» desde el lado del teatro o desde el lado del Carnaval. Para dar un ejemplo reciente, no logramos adivinar en qué contribuyó el Carnaval a un espectáculo como «El viejo y el mar«, sobre la novela de Hemingway, que acaba de estrenar el Teatro Circular; y no logramos ver ni en «Contrafarsa» ni en «Yambo Kenia» ninguna alimentación (el programa dice, pagando tributo a palabras noveleras cuyo sentido suele equivocarse, que se «han retroalimentado constantemente») por obras como «Ayax, por ejemplo» de Heiner Müller, dirección de Mariana Percovich «Las reinas«, de Normand Chaurette, dirección de Eduardo Schinca, o «Jubileo» de Tabori, dirección de Alberto Rivero. ¡Cuánto más lógico, cuánto más representativo de nuestro arte hubiera sido lo más obvio, el teatro representado por el teatro, con brevísimas escenas de cada una de estas u otras obras, con algunos poemas de nuestra verdadera lengua y tradición viva, del Romancero, Lope de Vega, Rubén Darío, García Lorca, Julio Herrera y Reissig, Humberto Megget, Líber Falco, Sarandy Cabrera, Carlos Brandy, Fernando Pereda, Selva Márquez, Idea Vilariño, Ida Vitale o Nancy Bacelo, recitados por Estela Medina, Gloria Demassi, Claudia Rossi, Roxana Blanco, Delfi Galbiati, Daniel Spinno Lara, Juan Carlos Worobiow o tantos otros!

No creemos siquiera que el conjunto «Yambo Kenia«, sea representativo de nuestra colectividad afrouruguaya, a la que todavía no se han reparado ni las injusticias pasadas de la esclavitud ni las actuales de la discriminación, y a la que no vimos representada en el público. El recuerdo que tenemos grabado en la memoria de las verdaderas comparsas de lubolos, en la época en que no había premios ni concursos ni organizaciones con fines de lucro, es muy distinto del espectáculo southamericano de «Yambo Kenia«, al que sólo le faltaban figuras como Gloria Estefan o Celia Cruz para presentarse en Miami. Aquellos eran hombres graves, erguidos noblemente detrás de sobrios tamboriles, como los que podían tener los pobres; parecían cumplir un ritual, una dolorosa evocación de memorias familiares mejores, un rezo milenario; las bailarinas, vestidas generalmente de sedas azules y negras hasta los pies, parecían cerca de un trance, pero un trance místico, como propio de los misterios de Eleusis. Nada había sensual, nada de las Follies de Ziegfeld, de las Rockettes del Radio City o de las insoportables escolas del Sambódromo; y nunca vimos que actuaran cantantes, y menos aún, nos imaginamos, cantantes tan poco afrouruguayos como Adriana La Palma. Sobre todo, a Dios gracias, las lubolas eran respetables matronas que jamás incurrirían en ese meneíto meretricio que es lo único que saben hacer nuestras supuestas «vedettes», y que, en el caso de «Yambo Kenia», quizás por un resto de decencia, lo hicieron con cortedad y, dentro de lo que requiere ese lamentable género, bastante mal. Si agregamos que «Yambo Kenia» apareció dividido en tres grupos que se interrelacionaron erráticamente, y que la amplificación era tan defectuosa que no pudimos entender una línea de la melodía que cantó La Palma, se redondea un espectáculo deficiente.

«Contrafarsa», que ejecutó no más de tres o cuatro piezas, es parodia de melodías, alguna tan antigua como el tango «Leguisamo solo«, de Papavero, que es de comienzos del siglo pasado. «Contrafarsa» no tiene sentido escénico, no mostró siquiera un intento de ocupación del espacio teatral disponible, y las canciones transcurrieron con pena y sin mucha gloria. Tanto «Contrafarsa» como «Yambo Kenia» necesitaban perentoriamente los auxilios de un director de teatro (ni siquiera diremos un buen director de teatro) que «interactuara» con los conjuntos de Carnaval y los alimentara con un mínimo sentido del espectáculo.

(*) Agrupación de Negros y Lubolos «Yambo Kenia», dirección de Carlos Larraura y «Contrafarsa», dirección de Edú «Pitufo» Lombardo. El Galpón, Sala 1, 19 de abril.

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