Buscando su destino: Desde ayer al martes en Sala Uno de Cinemateca Uruguaya

Retrospectiva sobre Dennis Hopper

El último rebelde, o al menos, el último representante de aquella generación de jóvenes actores que en la década del cincuenta expresaron su desencanto y su inconformismo en un Hollywood que se quería más optimista, y que tuvo en James Dean a su ejemplo más arquetípico.

Si la leyenda de Dennis Hopper, quien falleció de cáncer el mes pasado, no alcanzó acaso a la de Dean, la razón hay que buscarla en su (relativa) longevidad. Al fin y al cabo, se fue con setenta y cuatro años. Dean tenía 24 aquel malhadado 30 de setiembre en el que se encontró con su destino. Las muertes prematuras cimentan los mitos.

Y a diferencia de Dean, que solamente hizo unos pocos papeles secundarios y tres protagónicos, Hopper (quien, incidentalmente, interpretó un papel secundario en «Rebelde sin causa», la más arquetípica de las películas de Dean) se prodigó (y a veces se dilapidó) en más de doscientos títulos de televisión y cine a lo largo de medio siglo, con los previsibles altibajos que semejante carrera presupone.

Salió de la era dorada de Hollywood para entrar en una nueva época con «Busco mi destino». Estuvo con James Dean, interpretó a un hijo de Elizabeth Taylor y actuó para Quentin Tarantino. Ha sido rico e infame, perdido y encontrado, fue también el último que resiste.

En su carrera ha habido de todo. Usó taparrabos en «Tarzan and Jane regained… Sort of», de Andy Warhol y fue el siniestro enemigo de John Wayne en «Los hijos de Katie Elder» y en «Temple de acero». Inspirado por Vincent Price se convirtió en coleccionista de arte: comenzó comprando un par de Warhols tempranos por setenta y cinco dólares y continuó con obras de gente como Roy Lichtenstein, Jasper Johns y Jean-Michel Basquiat. Más tarde, cuando se estrenó «Busco mi destino», Warhol habló de su influencia sobre el actor de «los ojos de loco».

En el caso de Hopper, las influencias pueden ser acaso más claras de lo que pueda pensarse a primera vista, vinculando por ejemplo la bandera estadounidense en una pintura de Johns con la que Peter Fonda utiliza como un blanco en la espalda de su chaqueta de motociclista en «Busco mi destino». Hopper, que también se ha dedicado a la pintura y la fotografía en diversos momentos de su vida no tiene solamente buen ojo para comprar arte ajeno: también ha exhibido un criterio estético propio y rupturista. Entre las más sorprendentes estrategias formales de «Busco mi destino» figuran algunos enérgicos recursos de montaje que han sido la marca de fábrica del autor de collages y cineasta de vanguardia Bruce Conner.

«Busco mi destino» conserva un lugar privilegiado en la historia del cine norteamericano, no tanto por sus experimentos formales como por su impacto en la industria cinematográfica. Costó cuatrocientos mil dólares y recaudó veinte millones en el momento de su estreno, probando que la contracultura podía ser un buen negocio. En el verano de 1969, el público joven pudo ver en la pantalla personajes con los que podía identificarse. La película se convirtió en el modelo de un nuevo cine norteamericano, joven y emancipado de los viejos criterios de los estudios, una declaración de independencia creativa que duró, en teoría, hasta que el gran tiburón blanco de Steven Spielberg devoró las taquillas seis años después.

Hay ciertamente claroscuros en la leyenda de Hopper. Tras «Busco mi destino», el director comenzó a filmar «La última película», un título profético si los hubo. Financiado por Universal viajó a los Andes peruanos para hacer un filme sobre un doble de acción que luego de filmar una violenta película «a lo Hollywood» decidió no volver. Interpretado por Hopper, el personaje se involucra con una prostituta local, coordina shows sexuales para turistas lujuriosos, habla sin parar sobre El tesoro de Sierra Madre y participa en otra filmación, planificada como una ceremonia ritual indígena. El filme no hizo dinero, fue ridiculizado, y Hopper desapareció del mapa hasta que viajó a Filipinas en 1976 para comenzar a trabajar en «Apocalypse now» de Coppola. Quienes aún defienden el filme sostienen, sin embargo, que «The last movie» es una película bastante menos incomprensible de lo que su reputación sugiere. Hopper ha dicho que era «una historia sobre Norteamérica», y ha comparado la película con «una pintura abstracta, expresionista, donde el pintor muestra las líneas del lápiz, deja algunos lienzos vacíos, muestra alguna pincelada, permite que caiga alguna gota».

En febrero pasado, el columnista de Variety y antiguo ejecutivo de los estudios Peter Bart, reflexionando sobre la carrera de Hopper, sostuvo que éste, pese a sus notables condiciones como actor, director, coleccionista de arte y fotógrafo, había hecho todo lo posible por autodestruirse en cada una de esas áreas. Bart señala que parece «imposible» que alguien pueda haber actuado en una película como «Gigante» de George Stevens para luego liquidar su carrera como actor, o dirigido una película seminal como «Busco mi destino» para después desaparecer como cineasta. Es una manera de ver las cosas, pero exhibiciones en salas de arte, retrospectivas y libros como «Dennis Hopper and the new Hollywood y Dennis Hopper: fhotographs 1961-1967″, revelan una vida diferente, que acaso Bart probablemente no llegue a comprender de una manera cabal.

En esa vida no encajan viejas o nuevas nociones de estrellato porque Hopper planeó su propio curso desde el principio.

Cuando firmó su primer contrato con Warner en 1955 el sistema de estudios estaba colapsando.

Abandonó el estudio, se fue a Nueva York a estudiar con Lee Strasberg, y colaboró en un proyecto artístico con Marcel Duchamp. Fotografió a sus famosos amigos dentro y fuera del set, y también a Martin Luther King Jr. en Alabama. Ayudó a convertir a Jack Nicholson en una estrella y le dio el puntapié inicial al Nuevo Cine Norteamericano. Este ciclo es un resumen de algunos de sus mejores aportes.

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