La cinta blanca: la génesis de una tragedia que asoló a Europa
Esa doctrina, devenida en poder absoluto y en omnipotente aparato represivo, fue el producto de un largo periplo de fermentación ideológica, que abrevó del odio, del enfermizo nacionalismo exacerbado y de los delirios de grandeza de una elite que contaminó al colectivo social.
En «La cinta blanca», filme ganador de la Palma de Oro del Festival de Cannes, el talentoso realizador alemán Michael Haneke construye un admirable friso histórico y humano, que retrotrae a la génesis misma de la hecatombe que asoló a Europa en el siglo pasado.
El cineasta germano, que es uno de los creadores más personales y revulsivos de la actualidad, construyó su sólido prestigio con obras de soberbia factura cinematográfica, como «La Pianista», «Caché» y «Funny games».
Confirmando su vocación por narrar historias que retratan el perfil más oscuro de la naturaleza humana, Haneke elabora un ensayo de perfiles realmente dramáticos, que discurre entre el odio, el fanatismo, la demencia y la represión.
No es casual que el relato esté ambientado en 1913 en un pequeño pueblo rural alemán, a un año del estallido de la Primera Guerra Mundial y dos décadas antes del entronizamiento del nazismo.
También es deliberada la filmación en blanco y negro, el virtuosismo en el manejo de la luz natural y las sombras y la ausencia casi total de música.
Obviamente, esa estética cinematográfica resulta funcional a una arquitectura narrativa morosa y de ritmos pausados, que potencia la dimensión de la peripecia dramática.
El protagonista y relator es un maestro que, en las postrimerías de su vida, evoca los terribles acontecimientos que sacudieron a esa comunidad rural hasta los cimientos.
En ese ignoto poblado habita un conglomerado humano degradado y conservador, de costumbres rutinarias, cerrado, gris y radicalmente fanatizado, cuyo líder espiritual es un pastor luterano de rígidas disciplinas e intransigentes códigos éticos.
El religioso trata a sus hijos como súbditos y, por cualquier error propio de su inmadurez, los castiga con un desmesurado rigor y los condena a usar una cinta blanca, que simboliza la pureza y la expiación de los pecados. Es tal el respeto que los pequeños dispensan a su progenitor que, antes de acostarse, todas las noches le besan la mano como si se tratara de un monarca.
Otro de los personajes del relato es un médico viudo, que mitiga su soledad en la alcoba de una niñera cuarentona y bastante decadente y hasta comete incesto con su propia hija adolescente.
No falta en la escenografía cinematográfica un terrateniente con título nobiliario, una suerte de moderno señor feudal que todo lo manipula y que gobierna autoritariamente las voluntades, tanto dentro como fuera de su familia.
El director y guionista Michael Haneke construye una historia de pasiones entrecruzadas, de secretos y silencios compulsivos, de amargas frustraciones, de violencias implícitas y explícitas y de brutales represiones.
La película, que tiene una duración de casi dos horas y media, hurga hasta el hueso en desgarradores traumas privados, que, con el tiempo, devinieron tragedias colectivas.
El virtuoso realizador construye una atmósfera sofocante y opresiva, que corta como un bisturí y pauta la convivencia de un colectivo impactado por un horror de origen inicialmente desconocido.
En ese contexto, se procesa el ejemplarizante castigo planeado por mentes aparentemente inocentes pero criadas en una suerte de dictadura moral, que anticipan un odio emergente que luego se tornó incontrolable.
«La cinta blanca» es un magistral ensayo sobre la paranoia colectiva, la prepotencia, el abuso físico y psicológico y el fanatismo, que denuncia la inescrupulosa manipulación de conciencias.
El filme es una obra mayor, de una potencia y densidad artística que sorprende y discurre entre el revisionismo histórico, el retrato humano, la alegoría y la reflexión de naturaleza ética. Imperdible.
«La cinta blanca». Alemania, Austria, Francia 2009. Dirección y guión: Michael Haneke. Fotografía: Christian Berger. Montaje: Monika Willi. Sonido: Guillaume Sciama y Jean-Pierre Laforce. Reparto: Christian Friedel, Ernst Jacobi, Leonie Benesch, Ulrich Tukur, Ursina Lardi, Fion Mutert, Michael Kranz, Burghart Klaussner y Steffi Kühnert.
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