Las estrategias para sobrevivir a la barbarie del autoritarismo
Esa pesadilla fue recurrentemente recreada por la literatura nacional, que ha plasmado la memoria de las víctimas del terrorismo de Estado en el exitoso género testimonial.
También el cine ha construido su propio registro documental acerca de los tiempos del autoritarismo, mediante diversos abordajes que condensan los acontecimientos del período más oscuro de la historia reciente del continente.
En «Andrés no quiere dormir la siesta», el realizador argentino Daniel Bustamante propone una nueva mirada sobre las graves consecuencias de la dictadura instalada en 1976 en el vecino país.
El cineasta desestima todos los convencionalismos habituales en el género, para internarse en el drama cotidiano de una familia tipo que, como otras, padece los coletazos de la tiranía.
En efecto, el relato evoluciona de la simple escenografía marcada por los conflictos domésticos, a una intriga política que impacta por su realismo, aunque sin caer en meros efectismos.
El protagonista de la historia es Andrés (Conrado Valenzuela), de sólo ocho años de edad, que vive junto a su madre Nora (Celina Font) y un hermano adolescente. El niño padece la separación de sus padres, situación que lo sume en el dolor y la incertidumbre.
La muerte de su madre en un misterioso accidente de tránsito, inicia la fase más crítica de su existencia. Ahora, el pequeño deberá vivir con su padre Raúl (Fabio Asti) y su abuela Olga (Norma Aleandro), una mujer de códigos rígidos, muy conservadora y de temperamento particularmente intolerante. A los habituales problemas de adaptación a un nuevo esquema de convivencia, se suma la presunción de que la madre del pequeño estaba vinculada, junto a su nueva pareja, a una organización de resistencia al gobierno liberticida.
La aparición de documentos «comprometedores» provoca una honda conmoción y una suerte de pánico generalizado. La consigna es hacer desaparecer las «pruebas» y hasta enterrar la memoria de la mujer, a los efectos de evitar eventuales problemas con los perros de presa del régimen.
En lo sucesivo, todo será silencio e imposición de normas familiares represivas contra el pequeño Andrés que, aunque no entiende bien qué está sucediendo, busca respuestas a las interrogantes que tanto le angustian.
La tensión imperante se agudiza por la proximidad de un centro de detención clandestina contiguo a la casa, donde las fuerzas represivas actúan con la más absoluta impunidad.
Todo el barrio finge ignorar lo que está sucediendo, como estrategia de supervivencia y por el temor a sufrir eventuales represalias de los verdugos.
Esa suerte de pacto de silencio se traslada naturalmente a la cotidianidad familiar, donde los adultos liderados por la abuela le mienten al absorto protagonista.
En ese contexto, el director y guionista fracturan radicalmente la realidad, entre los conflictos meramente domésticos y el miedo de la sociedad civil al terrorismo de Estado.
Daniel Bustamante retrata el terrible vacío afectivo que experimentan esos seres humanos vulnerables y devastados por la tragedia que asoló al vecino país.
En ese contexto, el pequeño protagonista es bastante más que un testigo de lo que está sucediendo. Habiendo madurado prematuramente por las circunstancias adversas, también él toma sus propias decisiones.
En un reparto actoral sólido y comprometido con la historia, sobresale la interpretación de Conrado Valenzuela, la sapiente sobriedad de Norma Aleandro y el marginal aporte de Juan Manuel Tenuta. «Andrés no quiere dormir la siesta» es un atendible exponente de cine testimonial, que retrata minuciosamente las reacciones y comportamientos humanos en situaciones límite.
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