Arte

La otra cara de Sudáfrica

La compulsiva omnipresencia mediática del Mundial de Fútbol opacó la importante cultura del país sudafricano. Un país extremadamente singular, con tres ciudades capitales en la distribución de poderes: Pretoria (administrativa), Bloemfountein (judicial) y Ciudad del Cabo (legislativo) y una población cercana a los 44 millones que habla 11 idiomas oficiales, predominando el inglés como lengua franca. País de brutales contrastes, entre la opulencia y la miseria, la segregación racial, atenuada pero sobreviviente, con el mayor número de sidáticos en el mundo y una criminalidad que trepa a 50 mil asesinatos al año.

Sin embargo, Sudáfrica, eliminada del campeonato, es un país vencedor, triunfante en el campo cultural. Pocos países pueden enorgullecerse de tener dos premios Nobel de literatura (J.M. Coetzee, Nadime Gordimer), tres Nobel de la paz (Frederick De Kerk / Nelson Mandela, Desmond Tutu) y un líder revolucionario, primer presidente negro (Nelson Mandela). Otros nombres ilustres, de fama mundial: el doctor Christian Barnard, realizador del primer transplante de corazón, y el escritor J.R.R. Tolkien, autor de El señor de los anillos que el cine se encargó de difundir.

Los artistas visuales no se quedan atrás. Menos conocidos en América Latina, aunque han desfilado por las bienales de La Habana y San Pablo, que tendrá en la próxima cuatro representantes, son huéspedes habituales de las Documentas, Venecia y, en la actualidad, con ese sentido infalible de la oportunidad que bien conocen los franceses, la figura consular de William Kentridge se hospeda con una muestra unipersonal, nada menos que en el Jeu de Paume y dibujos en el Museo del Louvre. Sudáfrica habrá sido eliminada del campeonato de fútbol pero estas glorias, menos barullentas y aplaudidas por gritantes multitudes, son más permanentes pues se instalan, lenta y consistentemente, a largo plazo, en la historia universal.

 

Arte y política

Los viejos y nuevos conflictos han caracterizado a Sudáfrica en su permanente lucha por la liberación colonial, la igualdad étnica y la justicia social. Y un hombre íntegro, de conducta ejemplar, simboliza hoy esa porfiada lucha: Nelson Mandela. Las comunidades negras y blancas, en desfasaje numérico, aún en la lograda convivencia, tienen razones para estar alertas y vigilantes al insinuarse cualquier alteración del orden establecido. Esas tensiones, que se proyectan o se encarnan en puntuales problemas (la corrupción, las enfermedades, las trágicas condiciones de vida en el tristemente célebre barrio Soweto), son recogidas por los artistas locales. Dos fotógrafos, el veterano David Goldblatt (1930) y la joven Zanele Muholi (1972), han documentado aspectos dolorosos de la sociedad del país en muestras por las principales instituciones internacionales.

Un creador se destaca, William Kentridge, nacido en 1955. Su aparición, ya cuarentón, en la década del 90 fue bienvenida. En la Documenta X, conducida por Catherine David, siempre atenta a los creadores de la periferia, en la 24ª Bienal de San Pablo y en la de Venecia de 1999, además de efectuar unipersonales en importantes galerías. Formado en economía, política y estudios africanos, Kentridge es licenciado en artes en Johannesburgo, ciudad donde vive y trabaja. A fines de los años 70 estudió mímica y teatro en la Ecole Jacques Lecocq, París, y después actuó como actor y director de teatro en Johannesburgo. Más adelante, trabajó como director de arte en películas y series para televisión. No es de extrañar, pues, que su actividad realmente creadora en las artes visuales fuera tardía. Es a partir de 1989 que realiza su primera obra de animación en la serie Dibujos para proyectar, empleando dibujos a la carbonilla (un material que nunca dejará de utilizar) puestos en la misma hoja, al contrario de los dibujos animados tradicionales que se hacen en hojas separadas. Sus videos y películas conservan las huellas de los dibujos ejecutados anteriormente, referidos siempre a la política, problemas sociales y, a veces, autorreferenciales. El dinamismo de la narración, en continua metamorfosis de la representación, el humor y la constante reflexión sobre la responsabilidad individual y colectiva en la persistente mala conciencia frente a antiguas injusticias. Otras veces recurre al papel negro recortado para sus intensas narrativas, a la manera del teatro de sombras.

Marlene Dumas, nacida en 1953, en Ciudad del Cabo (la antigua Cabo de Buena Esperanza de los descubridores portugueses), surgió alrededor de la misma época que el anterior dentro de un grupo denominado Pintura salvaje, a la manera de los neoexpresionistas alemanes y fuerte influencia de Emil Nolde. La figuración es su tónica permanente, focalizada en niñas desnudas, sexuales y agresivas, pero siempre desvalidas, incorporadas a un ambiente socio-económico con el cual la artista está familiarizada. Con exposiciones realizadas en la Fundación Gulbenkian de Lisboa y la Fundación Serralves de Oporto, Dumas hace referencias al muro palestino­israelí, en análisis de las barreras que los hombres se imponen. En ambos casos, el compromiso con los graves problemas de la sociedad, propios del país o del mundo, moviliza a los creadores sudafricanos.

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