Luna de Brecht, una obra de Alvaro Riccardi, en Vieja Farmacia Solís
Alvaro Riccardi tiene todo. Primero, sentido profesional y seriedad.
En el país en que el teatro naufraga en improvisaciones y las artes llamadas performáticas, él se ha planteado agudamente los problemas de la elección de la obra, la puesta en escena, la actuación. y el canto. La vuelta a Brecht, un autor tan mal comprendido tanto por sus admiradores como por sus detractores, es el primer acierto. Como Riccardi, Brecht era un hombre laborioso y tenía mucho por decir; y nos han deleitado todos los fragmentos de la selección Disfrutamos al oír el conmovedor y sobrio poema «Carbón para Mike» que no había figurado en anteriores antologías escénicas; Riccardi cantó, en italiano (Riccardi canta bien, además, en español, inglés y alemán) el poema que es uno de los pasaportes a la inmortalidad del poeta, el «Recuerdo de María A», que en muy pocos versos, de avasallante sinceridad, ilustra sobre la fugacidad del amor y alecciona sobre ilusiones retrospectivas. También fueron un acierto la irónica reflexión sobre la crueldad del hombre de «Si los tiburones fueran hombres», la escena de «Terror y miseria del Tercer Reich»… todo el repertorio es lo mejor de Brecht, y había para elegir.
El sentido profesional de Riccardi se manifiesta en todos los aspectos del espectáculo. La escenografía es mínima, pero la Vieja Farmacia Solís se transformó a su conjuro en un café concert de Berlin. Alcanzó para ello con un letrero luminoso de época y la proyección, en un cuidado pero expresivo segundo plano, de partes del filme de Walther Ruttmann «Berlín, sinfonía de una ciudad». (1927; filme experimental probablemente inspirado en «Manhattan Transfer» de John Dos Passos, 1925). La pantalla sirve para otro fin, no menos noble y servicial y artístico: nos muestra los textos de las canciones, traducidos al español. El acompañamiento al piano de José Redondo es otro de los valiosos aciertos secundarios.
En la actuación Riccardi se acerca a la perfección. No tiene fallas, no da pasos en falso, no hubo furcios; en todo momento exhibió un dominio de sí mismo, de la escena y hasta de los espectadores que causa asombro. Casi inevitablemente, recuerda «Cabaret» y al célebre presentador del filme, el actor Joel Grey; pero no hay imitación sino coincidencia de propósitos, una clara comprensión de la época en que la desafortunada república de Weimar iba a dar paso al nazismo. La dicción de Riccardi es excelente, su voz es de un agradable registro medio en el que se mueve con soltura; la mímica y el lenguaje corporal son los justos y adecuados. No hay ni un atisbo de sobreactuación, y Riccardi es un maestro de la pausa que sugiere y dice, hasta el programa de mano es digno de elogio, por la abundante y conveniente información que provee. La calidad de un artista se ve, sobre todo, en los detalles. Con «Luna de Brecht» podemos redescubrir a Brecht, pero inevitablemente descubriremos a Alvaro Riccardi.
LUNA DE BRECHT, de Alvaro Riccardi, selección de canciones y textos de Bertolt Brecht. Escenografía y vestuario de Beatriz Martínez, iluminación de Martín Blanchet, video de Gustavo Baumann con José Redondo (piano y coros), voz en off de Fernando Gallego, selección musical, actuación, canto y dirección de Alvaro Riccardi. En Vieja Farmacia Solís, Agraciada 2623, los jueves.
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