De juguetes e infantilismos
Por segunda vez, el Espacio Cultural Banco República presenta un aspecto, otro aspecto, de la colección de juguetes pertenecientes a Eduardo Balduccio y Juan Carlos Ortiz, dos devotos recolectores de juguetes que abarcan casi toda la producción industrial del siglo pasado, nacional y extranjera. De la fábrica Egam se pueden ver los ejemplares referidos a la cocina (pequeñas heladeras, juegos de cocina, de playa, en metal natural o pintados) con los cuales las niñas imitaban a las madres en sus tareas culinarias y quizá, una manera adecuada, para ejercitar un aprendizaje útil. Los varoncitos, con baldes y palas playeros, automóviles y camiones de diferentes marcas y la infaltable pelota.
Un rasgo curioso es enfrentar dos modalidades: de Estados Unidos provenían, en tamaño ligeramente mayor, juguetes que reproducían elementos rurales (tractores, jardineras, grúas, camiones) mientras los europeos se afanan en elaborar tanques de guerra, buses, aviones, carros de bomberos y toda la parafernalia urbana. Los triciclos y bicicletas conforman otro rubro y hasta juegos como el del sapo, una curiosidad olvidada, aparecen respaldados por un aviso en las páginas de ofertas del London París.
De la madera y la tela, del papel y el latón u hojalata, a los plásticos actuales y antitóxicos, circunstancia que no siempre tienen en cuenta los fabricantes chinos que desplazaron a Japón con sus muñecos articulados y sombrillas de papel de impecable factura, los juguetes han mantenido su rango de entretenimiento lúdico aun entre los ciber juegos. Una exposición para ver y rememorar (los adultos) y entusiasmar a los locos bajitos, quienes además, durante las vacaciones, podrán disfrutar, entre las 14.00 y las 15.50 horas, de espectáculos de títeres y actuación de magos. La muestra permanecerá abierta hasta el 28 de julio, de lunes a viernes entre las 10.00 y las 17.00.
La ítalo peruana Chiara Manenti, treintañera, auspiciada por embajadas y ministerios, inauguró en el espacio Cultural Palacio Santos. Es un lugar imposible si no se solucionan varios problemas. En primer lugar, el acceso y el horario: se hace por la calle Cuareim el día de inauguración y los restantes, en general, por las entradas de Colonia o la Avenida 18 de Julio que, para quien no conoce el ministerio, es un laberinto a recorrer. El más grave inconveniente es que no hay un asesor artístico capaz de estructurar el panorama exigente de exposiciones y todo queda a la buena disposición de las solicitudes de embajadas extranjeras. Son pocas las muestras que se memorizan. La mayoría se disolvió en la memoria. Pero la actual, pinturas de Manenti, es absolutamente infantil. No como suelen hacer los niños, con esa resuelta espontaneidad y frescura. Aquí, los collages obedecen a una manipulación artificial, falsamente afichesca en su llamativa sobriedad compositiva, torpemente ejecutados (el pegote de cartón en los rostros es infeliz solución). No le faltan ideas, provenientes de varios maestros del siglo pasado. Le falta adquirir un oficio, aprender nociones de pintura y dibujo, cómo manejar materiales disímiles e incorporarlos con eficacia expresiva. Su pasaje por el estilisno no fue, al parecer, suficiente para desviarla hacia la pintura con capacidad de invención. El buen prólogo de Bruno Podestá, agregado cultural de la Embajada del Perú, no tiene nada que ver con la ínfima calidad de la muestra de una artista que pudo aprovechar mejor sus visitas por diversos e importantes centros culturales del mundo.
La ausencia de asesores artísticos en los ministerios (Cultura, Relaciones Exteriores, Turismo y otras instituciones) produce equívocos y desajustes chirriantes cuando se patrocinan envíos al exterior. Al Mundial de Sudáfrica se respaldó una exposición individual de Gabriela Acevedo en la sede de la embajada uruguaya de Pretoria, sobre temas deportivos, que lo mejor para el prestigio nacional es que pase inadvertida. Alguna vez el gobierno deberá tomar las riendas en asuntos culturales y someterse a la auto exigencia. La existencia de excelentes artistas nacionales impone una política cultural de alto nivel hasta el momento inexistente, abandonada al capricho de las relaciones amistosas y la ignorancia ajena. Ser conocidos por el fútbol, el tango o el Carnaval solamente es para esgrimir el estandarte del orgullo. La cultura, la que permanece, más allá de los triunfos efímeros difundidos por las trasnacionales del espectáculo, está ausente. Con una parte del derroche presupuestal dedicado al Mundial en Sudáfrica, probablemente se podría remodelar el Museo Nacional de Artes Visuales y paliar la situación de los indigentes y el acceso a la vivienda. Las cifras que movilizaron otros países, en esta oportunidad, son obscenas y un golpe bajo a la solidaridad humana. Al terminar la fiesta, verán cómo la tozuda realidad fue creciendo.
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