Habla memoria. ¿Hasta dónde el hombre puede destruir al hombre?

Pedro y el capitán, de Benedetti, en teatro Museo Torres García

Ciertamente, al final encontramos diálogos de noble ilusión, que denotan una fecha y una actitud hoy superada, cuando se insinúa que la relación dialéctica torturador – torturado puede invertir su dirección, casi trocar papeles, humanizar al capitán. Es una posibilidad de la dialéctica; y ya vimos cómo Vautrin, el archicriminal de la Comedia Humana de Balzac, termina como jefe de policía de París.

Los diálogos están bien escritos, las escenas se suceden con fluidez, hay una progresión o crecimiento de la trama, hay expectativa, interés, suspenso; pero todos estos méritos, que no son poca cosa, ceden ante el recio contacto con la realidad. En la mazmorra hedionda donde transcurre la acción, sopla paradojalmente un viento vivificante. Respiramos un aire que no puede venir sino del exterior, de la calle donde están los problemas; por más que la celda está cerrada a cal y canto. Es ese viento que viene de seres de carne y hueso, en situaciones de las que todos supimos y de las que pocos hablaron. Paradoja del arte, que nos hace vivir y respirar precisamente cuando podríamos ahogarnos, angustiarnos, cerrar nuestros ojos y nuestros oídos. «Pedro y el capitán» es un testimonio sobre una realidad, pero también es el tema universal de la relación de poder, del amo y el servidor, del conquistador y el conquistado, del esclavista y los esclavos.

La puesta en escena de Juan Sebastián Peralta acierta con lo esencial, y satisface que un director joven atienda un tema que sus coetáneos suelen omitir. ¿Hasta dónde el hombre puede destruir al hombre? El temible zigzag de preguntas y respuestas, o de preguntas y silencios, deja en el aire una tibia esperanza, en realidad el perfume de una ilusión..

En el desesperante teatro uruguayo de hoy, tan huérfano de invención, tan vacuo que suele recurrir para redondear una obra a los intentos de los propios actores -auge del stand up, de la performance, de la improvisación, de la «dramaturgia del autor», del frangollo en suma- «Pedro y el capitán» trae el recuerdo de otra época, más respetuosa del público, más respetuosa del arte de las tablas, más respetuosa también de los actores.

PEDRO Y EL CAPITAN, de Mario Benedetti, con Yamandú Barrios Brochado y Germán Wainberg. Escenografía e iluminación de Yael Carretero y Ximena Seara, vestuario de Mauricio Pera, adaptación y dirección de Juan Sebastián Peralta. En teatro del Museo Torres García.

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