Encierro. En su casa Eduardo Galeano ve hasta tres partidos diarios del Campeonato Mundial

"Cerrado por fútbol, válido por igual para amigos, periodistas y curiosos impenitentes"

En ese lapso, no es más que un habitante del «planeta pelota», como él mismo afirma, atento sólo a las trasmisiones de los partidos por televisión, con el resguardo de una «cervecita bien fría», como salvoconducto.

Soy fútbol-adicto, declaró en una reciente entrevista, «siendo un bebé, mi padre me llevaba al estadio».

Creció entre el sudor y el estallido de una goleada, de la pelota errabunda, frenada en su viaje hacia el arco, zarandeada, vilependiada, amada, interceptada, irremediablemente victoriosa o perdida.

Como una consecuencia natural, cuando pudo pararse firme en sus dos piernas, empezó a darle duro a la pelota, a acariciarla o maldecirlo en los partidos de barrio hasta comprender que no era más «que un pata de palo, un chambón». Entonces abandonó para siempre ese juego en favor de otro no menos fascinante, el de las palabras, sometidas a golpes de talento, imaginación y «horas-nalga».

Quien lo conozca, sabe que con él no es posible contar cada vez que un Mundial asoma su rostro tentador y el planeta Tierra comienza a girar bajo su seducción, como el amor, según Dante, hacía girar al sol y las estrellas. «Me meto en una pelota, asegura, y de ahí no salgo hasta que termina la Copa».

Son días perdidos, y a la vez ganados, para escribir. Habría que ver si esa misma regla rige, durante ese tiempo, para el amor.

En 1995 su pasión de fútbol-adicto encontró cauce en la literatura con su libro «El fútbol a sol y sombra», que no lo abandona desde esa fecha y se renueva, actualizado, tras cada Mundial. Lo que lo atrae, como un imán y lo arrastra en su vorágine es esa fiesta visual, ese «prodigio de hermosura que es el fútbol».

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje