Tres noches con los Buenos Muchachos en La Trastienda
La banda Buenos Muchachos presentó su show en La Trastienda en tres noches de rock, poesía y melancolía. Una perfecta noche de otoño amalgamó en un todo el clima, la consigna de los shows y el reencuentro.
Como se había anunciado realizaron un recital sin invitados ni plus de ningún tipo. Tras unos meses sin tocar volvieron con la fuerza que los caracteriza: con las clásicas canciones que se ubicaron en la popularidad, como «She never wants to see you once again» o «La nave va» y con esos temas «camalote» que desnudan la profundidad creativa de este grupo que no deja de ser un claro exponente del under rock uruguayo.
Pedro Dalton puso en evidencia una vez más uno de los mejores oídos musicales de nuestro rock, logrando equilibrar su ronca y desafinada voz, con una sobresaliente ubicación en las canciones y una sentida dramatización escénica. Gritos profundos, cortos, extendidos, distorsionados por pedales o megáfonos, pero siempre oportunos y desgarrantes, dieron elevación al compás poético de sus propias composiciones. Las ovaciones recibidas tras los temas, con el cuasi futbolero «Vaamos Pedro», o «Vamo arriba Daltoon», lo eximen, en cada presentación, de toda crítica a su voz y tono. Y así va, «corriendo la carretera, que asfalta cuando hecha a andar».
Las guitarras jugaron su protagonismo con perfecta alternancia en punteos y acordes, donde tanto Marcelo Fernández como «el Topo», Gustavo Antuña, tuvieron oportunidad, uno a uno sucesivamente, de doblar las cuerdas en graves y agudos metálicos sostenidos en perfecta cadencia. Y guiaron así, de la mano, escalón por escalón, en esas subidas concatenadas, la catarsis del público.
La batería siempre firme y con fuerza, con ritmo cuadrado y con cortes, con esos dobles golpes al redoblante que pegan más, intercalando rulos cortos en un juego imbricado y permanente con el charleston y los platillos. Platillos, muchos platillos, mientras «peludeó» también, permanentemente, José Nozar, al son de su base, que dio vigoroso impulso al vuelo. Se pudo ver así, como la batería, junto con las guitarras y la voz, son parte de un trípode esencial en Buenos Muchachos. El bajo, bien tocado por Alejandro Itte, jugó su predestinado bajo perfil, sin estar perdido ni ausente, pero sin el espacio de virtuosidad en los que sí figuraron en los ya mencionados instrumentos, por las características mismas de las canciones de la banda.
Un recital homogéneo en su globalidad, con el característico ‘up and down’ de un set que alternó grandes hits y temas de agite «polentosos», con oscuras melodías de un romanticismo visceral y poético que buceó en los sentimientos del amor, el desamor, el vacío, la nada y la belleza.
Se puede decir que esta banda mantiene, en tiempos de innovaciones y fusión musical, el clásico corte de rock con rebeldía y original creatividad, en algo que puede ser rock alternativo, rock psicodélico o indie rock. O todo junto y mezclado, pero que recuerda y deja, definitivamente en su voluta musical, esa mística como la de los viejos exponentes referenciales como Violent Femmes o Pixies, que es decir también, Velvet Underground o Joy Division, por citar algún ejemplo. Esas bandas que estamparon para siempre su huella en el rock, dejando tiempos y medidas, que aún, vienen y van, «estallando» lentamente en representaciones artísticas que se pueden ver en estas bandas orientales.
Vale mencionar un oportuno corte a la mitad del recital, para distender y fumar los fumadores, que sin cortar las sensaciones percibidas dio un pequeño margen para volver al show con renovada contemplación.
La «emoción de tocar» estuvo al fin en estos recitales otoñales, y «el rayo que iluminó al sol» y lo hizo brillar en las oscuras y melancólicas noches montevideanas fue el tronar de estos Buenos Muchachos; y realmente fuimos más que nosotros mismos… «Es que a veces puede suceder, que seas más que vos». Y eso, también es rock.
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