LIBROS La voz y el conjuro. Un retrato que descubre al Washington Benavides hombre y poeta

El discurso ético y estético de un referente de nuestras letras

En «La voz y el conjuro», el escritor Diego Techeira construye un revelador retrato humano y artístico de Washington Benavides, el emblemático poeta y compositor uruguayo que ha construido un mundo creativo propio, en un periplo que abarca más de medio siglo.

El popular «Bocha», que nació hace ochenta años en Tacuarembó, ha desarrollado una importante producción literaria, que lo transformó en uno de los voceros más enjundiosos y potentes de la poesía vernácula.

Aunque pueda parecer redundante, la escritura del autor sigue conservando enhiesta su frescura y lozanía de otrora, que gotea sensibilidad y compromiso con su tiempo histórico.

La literatura de Benavides es tan rica como variopinta, porque trasunta las diversas inflexiones de un alma inquieta, que interpela permanentemente a la realidad y se introduce recurrentemente bajo la epidermis de la condición humana.

Esa búsqueda es una suerte de aventura existencial de dimensión antropológica y hasta ontológica, que mixtura las tensiones de lo meramente cotidiano con el incalculable bagaje del conocimiento empírico y la reflexión personal.

Aunque este libro es el producto de prologados coloquios y entrevistas entre Techera y Benavides, está presentado como una suerte de monólogo del poeta tacuaremboense y hasta un diálogo íntimo con los lectores.

En efecto, Diego Techera decidió eliminar sus preguntas y plasmar únicamente las respuestas del poeta, a los efectos de permitir un fluir más libre y espontáneo de los conceptos y las narraciones que la obra atesora.

Respetando un relativo orden cronológico, la voz del poeta se interna en los territorios del pasado, con el propósito de evocar su infancia en Tacuarembó. En ese contexto, aflora el niño inteligente e inquieto, apasionado por la lectura y el dibujo.

Benavides evoca el drama del asma, que lo condenaba a una suerte de enclaustramiento durante el invierno y le impedía alternar e interactuar normalmente con los niños de su edad. En esas condiciones, el futuro poeta se creó un universo propio, que compartía con los autores y los personajes de ficción de sus primeras lecturas.

Cuando ingresó a la escuela, ya era un conocedor de muchos clásicos de la literatura universal, lo cual coadyuvó, en forma determinante, a su formación, maduración intelectual y crecimiento cultural.

El soliloquio de Benavides ­que es tan frontal como espontáneo- es una suerte de comunicación de tono cuasi confesional con el lector, que abunda en múltiples anécdotas y referencias históricas.

Su experiencia como docente de Literatura de Educación Secundaria y la Universidad de la República, que siempre fue enriquecedora tanto para él como para sus alumnos, ocupa un buen tramo en este prolongado periplo existencial autobiográfico.

Benavides es, en efecto, un educador de cuerpo y alma, que establece una entrañable relación con sus discípulos, un fecundo intercambio de conocimientos, aprendizajes y experiencias vivenciales compartidas.

El autor recrea las tensiones de una vasta trayectoria literaria marcada por el compromiso social y político, que lo enfrentó, desde el comienzo, a los sectores más conservadores y reaccionarios de un Uruguay impactado por los avatares de la guerra fría.

En la década del cincuenta del siglo pasado, nuestro país comenzaba a experimentar los impactos del descaecimiento de un estilo de convivencia ligado al modelo de desarrollo agroexportador, que entró en crisis por la caída de los precios internacionales.

El mito de la Suiza de América, consustancial al paradigma del estado de Bienestar y a una democracia igualitaria instituida por el batllismo en el imaginario colectivo, afrontó entonces los primeros síntomas de crisis y descomposición.

Este fue el prolegómeno de los tumultuosos años sesenta, cuando la sociedad uruguaya se polarizó radicalmente, entre una izquierda militante que soñaba con un Uruguay bastante más justo y solidario al calor de la influencia emancipadora de la revolución cubana y una oligarquía decadente y osificada que luchaba por conservar sus privilegios de clase.

En ese contexto, Washington Benavides fue víctima y testigo de un episodio que lo conmovió profundamente y lo marcó para toda su vida: la quema de numerosos ejemplares de su «Tata Vizcacha» en la plaza de Tacuarembó, por parte de un movimiento nacionalista y ultraderechista de la época.

Era un dramático testimonio de intransigencia y odio visceral contra toda voz disidente, que luego devino en la escalada autoritaria de los años sesenta, el régimen cuasi policial de Jorge Pacheco Areco y la ruptura institucional de junio de 1973.

Este monólogo, que tiene mucho de discurso, intercala relevadores recuerdos de su peripecia de vida y de su integración al paisaje cultural de la época. En ese contexto, señala un hito crucial para su proyección literaria: su participación en el denominado Grupo de Tacuarembó, que compartió junto a personajes de la talla de Eduardo Larboinois, Héctor Numa Moraes y su sobrino Carlos Benavides, entre otros.

Muchos de esos nombres, que se formaron al calor de tertulias literarias y embrionarias experiencias de composición musical, trascendieron en el tiempo y se posicionaron como referentes del arte uruguayo contemporáneo.

Con la precisión de un avezado guía, Washington Benavides conduce al lector a través de los territorios de su historia personal, pautada por la pasión de la creación y el compromiso social.

En ese contexto, el bardo restituye la memoria de la dictadura liberticida que asoló a nuestro país durante once oscuros años, lo censuró y prohibió la venta y circulación de sus libros.

Como otros colegas, el poeta padeció el rigor de un autoritarismo cerril y paranoico, que persiguió, encarceló y condenó al exilio a figuras señeras de la cultura uruguaya. Sin embargo, durante ese período, tuvo la oportunidad de desarrollar una importante actividad de difusión cultural en radio.

El vate reflexiona en voz alta acerca de las múltiples voces de su creación y sus heterónimos, versiones desdobladas de sus personalidades múltiples y recurrentes habitantes de su prolífico universo literario.

Obviamente, no soslaya su relación con cantautores emblemáticos que interpretaron algunos de sus más significativos poemas, como Alfredo Zitarrosa, Daniel Viglietti, Eduardo Darnauchans y Héctor Numa Moraes, entre muchos otros.

Washington Benavides dialoga con los lectores, pero también con la literatura, la historia y hasta la religión, en una suerte de itinerario que tiene mucho de ejercicio confesional.

El autor reflexiona sobre el poder de la palabra, sus autores preferidos y las fermentales arcillas que fueron moldeando la construcción de su discurso poético.

El libro incluye conceptuosos comentarios de Diego Techera, de Izacyl Guimaras Ferreira y una suerte de seminario poético, que ofrece piezas de Xoan Zorro, Pedro Agudo y John Filiberto ­ sus heterónimos- y del propio Benavides.

«La voz y el conjuro» es una obra sensible y reveladora, que retrata al poeta, al docente y al hombre fuertemente comprometido con su tiempo histórico y sus más íntimas convicciones éticas y estéticas.

El libro trasunta la sensibilidad de un creador de pluma tan acendrada como incisiva, cuya producción poética condensa la reflexión filosófica, la belleza estética y la potencia del discurso literario.

(Solazul Ediciones)

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