Estreno. Un relato que no parece despegar en ningún momento de la mera exhibición

Graciela Borges y Antonio Gasalla: lazos de sangre de dos hermanos

El resultado, por cierto, es difuso aunque la historia pretenda articular un proceso que no termina de consolidarse entre las idas y venidas de los personajes deambulando por ambos márgenes del Plata. El núcleo del ese impreciso acontecer tiene como punto de partida el fallecimiento de la anciana madre de los protagonistas y el cambio que esto produce en sus vidas.

El más afectado ­el orfebre interpretado por Antonio Gasalla­ resulta presionado por su hermana (Graciela Borges) para que cruce el charco y transite una suerte de exilio, que puede beneficiarlo económicamente, al pasar a residir en un imaginario balneario uruguayo denominado Villa Laura. El cambio de aire también supone una transformación existencial aunque dicho tránsito no aparece registrado estrictamente en la narración cinematográfica que propone Daniel Burman.

El propio Gasalla, según ha confesado en entrevistas periodísticas, se ha sentido algo defraudado por los recortes realizados en la sala de montaje con respecto a lo que se rodó durante el periplo de su encarnación y lo que finalmente quedó en la pantalla.

En este sentido cabría señalar que Don Antonio tiene buen ojo crítico para advertir una especie de ambigua elipsis que genera cierta dispersión dentro de un relato que no parece despegar en ningún momento de la mera exhibición.

Más allá del excelente trabajo realizado por ambos artistas (sobre todo «la» Borges a bordo de un perfil estrafalario y avasallante) poco más puede subrayarse alrededor del filme: apenas ese disfrute menor que no alcanza para redondear lo que uno puede entender como acontecimiento que se desarrolla y que, mientras tanto, algo pasa hasta el definitivo final. Es cierto que Burman se ha caracterizado por una caligrafía audiovisual minimalista concentrada en diálogos acotados ­que pueden resultar sugerentes en el entrelineado­ y un tratamiento de bajo perfil y nada ampuloso en el devenir de los hechos relatados.

Sin embargo, en anteriores oportunidades, ese estilo pausado logró secuencias memorables y un fino acabado que cerraba anécdotas a la perfección.

En «Dos hermanos» el posible sobreentendido se hace demasiado ambivalente y el presunto (¿y definitivo?) encuentro en paz de los lazos de sangre, sin resultar caprichoso tampoco emerge como natural en una producción que, realmente, había despertado considerables expectativas en quien suscribe.

No hay que desesperar, sin embargo. Para aquellos incondicionales de esta entrañable dupla, el largometraje puede, igualmente, resultar un festín. Hay momentos en donde el extravagante desparpajo de Graciela Borges hace saltar la banca mientras Antonio Gasalla mide su gestualidad en sutilísimos registros dignos de un actor de raza. El público decidirá.

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