La confesión de Don Juan, de Krym, en la Sala Verdi
Jorge Arias |
Esperamos un ensayo demostrando que Genet era, en realidad, heterosexual, y que encubría esta condición con su vida y las páginas selectas de «Querelle de Brest».
Pero llegamos al fin del fin: al escritor ucraniano Anatoly Krym, que lo presenta impotente desde siempre, ya sea por impotencia fisiológica o por castración, confesándose in articulo mortis. Don Juan nunca pudo hacer más que besar. Si sus víctimas o a sus conquistas, es algo que debe decidir el lector, que se anotará. un tanto si elige «víctimas», ya que la condena a toda sugestión sexual, que suele inflarse a «acoso» está de moda. Sólo falta un paso: Don Juan es un castrato, como el protagonista de «Sarrasine» de Balzac, uno de los tantos niños castrados (Italia sobre todo, siglos XVI a XVIII) para que sus bellas voces infantiles de soprano se potenciaran con los pulmones de un adulto.
Quizás la forma de tratar el tema de un hombre inerte sea también estática; sea como fuere, la directora Mary Da Cuña hace muy poco por sacar a Don Juan (Delfi Galbiati) casi permanentemente inmóvil, del centro de la escena. El héroe tiene un criado (Jorge Bolani) que pugna por dar el toque picaresco y un monje (Diego Arbelo) que varía conducta y vestimenta no bien conoce a Ana (Florencia Zabaleta). La acción apenas puede entreverse, se habla demasiado y tarda la desoladora confesión, un tano previsible a partir de la inercia cuasi burocrática del célebre conquistador.
La escritura de Krym (o su traducción, o ambas cosas) es tan muerta como el sexo del protagonista. En vano esperamos una frase aguda, una sorpresa, una revelación, una escena donde suceda algo. Sin duda, Don Juan, en esta avanzada hora de la humanidad, tiene poco o nada que decir. Se ha hablado demasiado de él; que se emplee una hora y media en este no decir y no ser, es demasiado, y es demasiado desde los primeros diez minutos.
«La Confesión de Don Juan», de Anatoly Krym, traducción de Alberto Guarnieri, por la Comedia Nacional. Con Delfi Galbiati, Jorge Bolani, Diego Arbelo y Florencia Zabaleta. Escenografía de Eduardo G. Cardozo, vestuario de Nelson Mancebo, luces de Alvaro Bonaglia, música de Alfredo Leirós, dirección de Mary da Cuña. En sala Verdi.
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