Cervieri. El director resuelve con soltura los dos planos de acción simultáneos

Himmelweg, el camino del cielo, obra de Juan Mayorga, en teatro El Galpón

Sobre esta base de hechos, y sin dar nombres propios, el dramaturgo español Juan Mayorga escribió esta pieza que ilustra sobre muchas cosas: la superficialidad de nuestras percepciones, cómo, cuando hay intereses en juego, las apariencias van a engañarnos; también, dolorosamente, sobre cuán capaces somos de apoyar al enemigo, aún en la «solución final»; y no aludimos sólo a la «cuestión judía» sino a todas las tentativas de frustrar las necesarias emancipaciones de los sometidos y los explotados, que, tal parece, toda emancipación comienza con colaborar con los explotadores.. ¡Todo funciona tan bien en el capitalismo, si nos atenemos al diez por ciento «hermoso» de la realidad!

Todos los judíos del campo tienen la estrella de David, hay un plácido vendedor de globos, una pareja de enamorados que discute, un matrimonio mayor, niños jugando al trompo, una sinagoga. Marcel no ve nada, o no se toma el trabajo de ver lo que hay bajo la superficie. Su informe dirá que todo es normal. Algo lo hace dudar, sin embargo: miradas intensas, el ruido de un ominoso ferrocarril que llega pero que no se menciona ni se explica, un «camino del cielo» que va a donde no debe inmiscuirse nadie. El visitante sospecha, pero le falta el coraje de ir más allá. El comandante nazi es culto, hasta refinado, lee a Shakespeare y a Calderón. ¿Cómo alguien tan culto puede ocultar algo nefando? Marcel es víctima de su pereza.

La idea es apasionante, pero hay dos o tres fallas en su realización. La primera es que el drama se basa en la perfidia de los nazis. Por supuesto, sin ella no habría drama; pero no es preciso que hoy, luego de los juicios de Nüremberg, sea preciso de que nos convenza de ello; y sabemos que la prioridad absoluta, aún a expensas de la Wehrmacht, fue el exterminio de los judíos: no había ferrocarriles para los suministros necesarios en el frente ruso, porque estaban ocupados por llevar los condenados a Auschwitz. El drama apasionante, digno de Brecht, se jugó, sin sangre y casi sin culpa, en la consciencia de Marcel, pero era el único drama original, poderoso, posible: ¿hizo todo lo que debía? Pero Mayorga está ocupado en exceso con la rebuscadísima e inverosímil puesta en escena, ensayada hasta el cansancio por los «actores» a pesar suyo, que deben fingir un cuasi idilio cuando viven el horror; pero también hasta el cansancio de los espectadores, que deben presenciar cómo se ensaya y desarrolla, en una tercera, cuarta y quinta escena, en un segundo, tercero, cuarto ensayo, la misma idea, la misma maldad; al fin, la misma rutina. No hay un desenlace, una crisis, una iluminación. Termina la obra, con pena y sin gloria; pero podía haber seguido un sexto o séptimo ensayo, etcétera.

La dirección de Eduardo Cervieri es exactamente la que convenía a la pieza de Mayorga; y debe destacarse la soltura con que el director resuelve los dos planos de acción simultáneos. La interpretación, muy difícil porque hay que hacer, en el caso de los actores que interpretan a los judíos, un papel sobre el otro (Massimo Tenuta, Pablo Modernell, Analía Colino, Mariana Senatore, Juan Manuel Riverón, Rodrigo Carlero, Agustina Sierra, Rafael Hofstadter, Daniel Agosto y Cárlos Méndez). Los dos actores principales, Caldarelli como el comandante nazi y Rey como el casi incómodo pero al fin ingenuo visitante, convencen y conmueven, a la altura de sus mejores antecedentes.

«HIMMELWEG» CAMINO DEL CIELO, de Juan Mayorga, por teatro de La Alhambra, con Walter Rey, Ariel Caldarelli, Massimo Tenuta, Pablo Modernell, Analía Colino, Mariana Senatore, Juan Manuel Riverón, Rodrigo Carlero, Agustina Sierra, Rafael Hofstadter, Daniel Agosto y Carlos Méndez. Escenografía de Osvaldo Reyno, vestuario de Alicia Lores, luces de Alejandro Piastra, música y banda sonora de Daniel Agosto y José P. Carlero, dirección de Eduardo Cervieri. En teatro El Galpón, sala Atahualpa.

Presentaron libro sobre Washington Benavides.

Fue presentado el libro «La voz y el conjuro. Washington Benavides y su obra», de Diego Techera. El acto realizado en la Dirección de Cultura del MEC contó con la presencia de Hugo Achúgar, Washington Benavides y los cantautores Ruben Olivera, Diego Kuropatwa y Enrique Rodríguez Viera. Como lo anticipó LA REPUBLICA, el libro recoge la trayectoria de un hombre que ha sido y es testigo comprometido de su tiempo y un importante promotor de nuestra cultura, aspectos ambos que se ponen de manifiesto también en lo que lleva editado de su abundante obra, en la que se entabla la discusión del hombre con la historia y el poeta con la palabra ­consigo mismo, como constructor de ambas­, a través de una poética de tono conversacional accesible que, además, revela una dimensión enaltecedora de lo cotidiano.

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