Arte

Escultora Louise Bourgeois, la subversión permanente

Recién en la década del ochenta su enorme talento y su desbordante imaginación fueron aceptados por los principales museos del mundo. A partir de ahí, su notoriedad pasó a ser un referente insoslayable en cualquier acontecimiento internacional de importancia. Las bienales de Lyon, Venecia, San Pablo, la Documenta de Kassel, los museos de Lisboa, Madrid, Londres, París, Bruselas, Sydney, México, Ontario, Toronto, San Francisco, Washington, Filadelfia, Cincinatti, Río de Janeiro, Milán, Chicago, Montreal, Oslo se disputaron su obra a lo largo de los años noventa. En cada una de esas instituciones, el deslumbramiento del visitante no tuvo paralelo con antecedentes similares. Es que la escultora franco­estadounidense Louise Bourgeois, al recuperar los recuerdos de infancia, era una natural provocadora. Desafiando códigos impuso un estilo único, inconfundible, tan personal e inapropiable que, aún así, muchas colegas mujeres de generaciones posteriores sintieron su poderosa e inesquivable influencia.

Tenía ya 70 años cuando comenzó el camino hacia la fama, ese equívoco. A los noventa, seguía creando y conquistando el aplauso y suscitando el análisis riguroso de los especialistas que dejaron innumerables ensayos, muchos de ellos notables. Como sucedió con los últimos tramos de la vida de Tiziano, Picasso o Matisse, Bourgeois renovó su lenguaje y tuvo una extraordinaria fertilidad creadora. Los años rejuvenecen a los genios.

De pequeña estatura, menuda y frágil, de fácil acceso y comunicación, Bourgeois manejó volúmenes pesados, ejecutó piezas monumentales en madera, mármol, yeso, tela, látex, bronce y otros materiales diversos que integran sus célebres instalaciones, a las que incorporaba enormes espejos, camas, máquinas de coser, barriles y otros elementos articulados con una endiablada y complejísima expresión simbólica que remite, inevitable y constantemente, a su infancia terrible y apasionada que la marcó de manera indeleble y a la que nunca cesó de exorcizar. La represión de ayer liberada en la madurez.

Nació el 25 de diciembre de 1911, en París. Fue la segunda de un matrimonio de tres hijos. Una madre tierna y débil y un padre dominante y donjuanesco que introducía a sus amantes en la casa y las convertía en institutrices de los niños quienes pronto descubrían el carácter singular de esas relaciones. Además, era un hombre afecto a las bromas, no siempre de buen gusto. Louise aprendió a odiarlo.

Sus padres tenían un negocio de restauración de tapices y Louise se encargaba de las raídas partes inferiores pero también, y especialmente, de alterar el sexo de los angelotes para diseñar en su lugar un ramo de flores más acorde con el gusto puritano de los clientes ingleses y estadounidenses. El trabajo de Penélope y Arácnida de los años infantiles retornarán, implacables y vengativos, en la adultez.

Ese oficio de tejedora y el gusto por la escultura nacieron a instancia del padre pero sus estudios se iniciaron en las matemáticas y la geometría en la Sorbona hasta que comenzó a frecuentar la Escuela de Bellas Artes, las academias Ranson, Julien y la Grande Chaumière, los estudios de Fernand Léger, Paul Colin, André Lhote, Othon Friesz, Yves Brayer y Roger Bissière, así como asistió a las clases de la Escuela del Louvre. Compartió las estéticas del cubismo y el surrealismo dentro de los impulsos cotidianos del art­déco y a la moda de Coco Chanel a que su madre la habituó. En la atmósfera de tensiones sociales y económicas de los años treinta, con la guerra civil española y la inminente amenaza del nazismo, Louise conoció a Robert Goldwater, historiador de arte estadounidense. Se casaron y pasaron a residir en Nueva York. Desde entonces permaneció en esa ciudad, amistando con colegas franceses exiliados, en particular con Marcel Duchamp. Y aunque trabajó intensamente como escultora, atenta a los movimientos estéticos emergentes (action-painting, pop-art), recién se proyectó a la consideración pública con una muestra individual en 1945. Pasó inadvertida.

Cuando en 1982 el Museo de Arte Moderno de Nueva York realizó su primera muestra retrospectiva, a los 71 años su nombre adquirió una vertiginosa proyección internacional y el núcleo de admiradores se amplió sin cesar. Antes fue militante feminista, comprometida social y políticamente, e investigada, junto a Duchamp y Ozenfant, por el Comité de Actividades Antinorteamericanas, en 1949.

Hizo de su autobiografía, como Picasso, como Beuys, el trampolín para la creación. No puede ser adscripta a ninguna corriente, sino que se destacó con una insolente y natural singularidad. Navegó por los vericuetos del inconsciente, casi sin proponérselo, con la delicia de la espontaneidad y la alegría de crear. Manejó los miedos personales de la infancia (se acostumbró a las arañas que devoraban los mosquitos y otros insectos y los convirtió en un elemento simbólico de protección hogareña y capacidad de trabajo) y abrió armarios para descubrir los viejos vestidos de Chanel y convertirlos (e integrarlos) como elementos de su obra.

Mi cuerpo es mi escultura, afirmó. Por coincidencia, su taller en Brooklyn era una vieja manufactura de tejidos y esta hija de viejos restauradores de tejidos hace de las reliquias de la vestimenta propia un material apto para expresar sus emociones y sus recuerdos. Con una imaginación formal impresionante Louise Bourgeois se mueve entre la dialéctica de los opuestos (duro­blando, femenino­felino, liso­rugoso, pesado­leve, geométrico­orgánico, abstracto­figurativo, adentro­afuera) hasta llegar a una síntesis y una androginia primordiales, atravesadas por el erotismo y la sensualidad muy fuertes y directos como sucede en sus instalaciones y esculturas (Janus fleuri, bronce de simbiosis de sexos masculinos y femeninos, o Fillette, la destrucción del padre). Es uno de los pocos creadores que en la historia del arte se atrevió a presentar las cosas por su nombre, organizando con paciencia, pasión y seducción una obra cargada de símbolos psicosexuales que cada visitante desentraña a su manera, pero de significado universal.

En Montevideo se conoció un dibujo orginal de Bourgeois en Lines of Vision, Subte Municipal, 1990, y en Buenos Aires una escultura en la colectiva Exposición internacional por el fin del hambre en el mundo, 1989.

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