DESALIENTOS BONAERENSES

Mi mujer me llevó casi a los tirones. La convencí de que no estaría en los festejos del bicentenario. Mucho ruido, muchas nueces, mucho chauvinismo, poco realismo. Por lo que llegamos el miércoles 26, al día siguiente del final de la fiesta.

Dicen que el lunes 24 y el martes 25, varios millones de argentinos se calzaron el mejor vestido patriotero y disfrutaron de esas celebraciones. Tenían sus buenas razones pero en Buenos Aires primó el mejor estilo porteño, sobrador, pendenciero, camorrista, inamistoso, caprichoso por parte de los políticos con toda esa sarta de egos peleados ante una fausta conmemoración. Lastimoso que Cristina no fuera a la inauguración de las nuevas obras del Colón, que sigue igualito de feo por fuera, porque era jurisdicción de Macri. Pero no es cosa nuestra. Allá ellos.

Cuando llegamos y el taxi nos llevaba del puerto al hotel, el Rolando Rivas de turno escuchaba una radio que parecía Continental. Los informadores llenaban sus tiempos con el amontonamiento de calificativos laudatorios sobre lo ocurrido en esos días anteriores. Y ahí, en medio de esos minutos, uno de los comunicadores hizo su balance. Dijo que todo había sido magnifico, maravilloso, propio de ellos, pero que le había parecido «fuera de lugar» la presencia de una carpa con candombes y tangos uruguayos», en un tono despreciativo como que «aquí no tienen lugar, no deberían estar», olvidando ese buen señor que la presencia oriental era parte de una invitación oficial del gobierno argentino. Además, no sabría que habíamos sido paridos juntos. Mi cónyuge, que también puso la misma cara de bronca, no aceptó la idea de volvernos para Montevideo. Ya estaba todo pago, me dijo. Razón de peso, sin duda. En el hotel «el check in» era al mediodía y empezamos a caminar en una ciudad que casi no reconocíamos. Sucia, descuidada, casi abandonada, con las plazas con pastos de meses sin cortar, veredas con baldosas sueltas o quebradas y otras desprolijidades. Sin embargo, ese rechazo de edificios y calles llevó en el patear cuadras y cuadras a encontrarnos con sensaciones que no eran comunes. La gente parecía más simpática, más humana, menos estirada, amistosa al punto de ofrecer ayuda a quienes con pinta de turistas mirábamos el plano de la ciudad o nos hundíamos en el sofoco de los subtes.

En las tiendas, en los bares, en los restoranes, en todas partes. Un porteñaje distinto al anteriormente desdeñoso más allá de sus pilchas, menos relumbrantes también. Fue lo reconfortante del viaje. Por lo demás, todo caro, toda la 9 de Julio en ruinas porque estaban, varios días pasaron tirando abajo los aparatosos, enormes palcos y escenarios en los que habían vuelto a su historia de 200 años.

La llegada de las noches traía aderezados los escalofríos de la inseguridad. No pudimos ver a Les Luthiers ni al Cirque du Soleil. Vimos a Gasalla y «Más respeto que soy tu madre», que parece enloquecer a todos y es una simple guaranguería tras otra, no hay tres palabras sin dos palabrotas pegadas, y si tiramos las reflexiones vacías del texto nos dejó solo a Antonio en un par de momentos donde se soltó y hasta cantó, como si también se liberase de tanta mediocridad. Vimos también «Fantástica», no critiquen, uno también tiene caídas, y nos encontramos con lo que prometía ser una revista argentina al estilo del viejo Maipo, y solo fue un grupito de seis bailarinas y seis bailarines llenando el bulto de las vedetitas, dos de ellas uruguayas, Mónica Farro y Andrea Ghidone, y en la que lo rescatable fue la frescura de la gorda, ella misma lo dice, Carmen Barbieri, y un Tristán que sirvió, él sí, para pensar en aquellos años de los buenos espectáculos revisteriles.

La tele, como la de acá. Porque la de acá es casi toda la de allá. Y solo rescatamos la vuelta y la compra de unos caramelos en free shop.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje