Cuartito azul, por la Comedia Nacional, en la sala Zavala Muniz del Teatro Solís
Y el mismo programa, en la misma página, nos informa que el texto fue escrito, por encargo de la Comedia Nacional, por Mariana Percovich, ella, según nos dice, «en la soledad de la escritura». Tal parecería que la pieza fue obra del «individualismo reinante».
Los propósitos de la autora para esta pieza también se explicitan en el programa. Dice que extrajo muestras de «argumentos y personajes del tango y el melodrama», como si extrajera el ADN y realizara una tarea de ingeniería genética, «para hacer con ellos una obra nueva». Mariana lo dice en inglés, «sample», y agrega el neologismo samplear», para humillación de nuestra ignorancia en materia de idioma; más adelante trata de hacernos bajar la cerviz con una «poética del caleidoscopio» que informaría a su pieza. Pero hablemos en castellano, Mariana. Es todo lo mismo; y es lo mismo de siempre, el mismo perro con distinto collar. «Samplear» y la poética del caleidoscopio» son el viejo y querido refrito, o mejor la clásica «ropa vieja». Ahora nos damos cuenta de que nuestras abuelas «sampleaban», sin saberlo, tomando aquí los restos de la carne de puchero y allí algún boniato; empleaban avant la lettre la «poética del caleidoscopio» al mezclar los garbanzos remanentes con algunos granos de choclo, el cogote de la gallina y algo del tocino unidos por la modesta argamasa del huevo batido para la cena de los domingos por la noche.
Pero escribir una obra con muestras de tango, o hacer un caleidoscopio de tango, no es tarea fácil. Hoy, en el año 2010, tan lejos de la maldición del tango como de su apoteosis, se impone una decisión previa, una elección de punto de vista, antes de «samplear» y «caleidoscopiar». ¿Cuál será el foco de la obra? ¿Optamos por lo humorístico y nos burlamos del racismo, sexismo, machismo e incitación al crimen de «Como la mosca»?, ¿Nos reímos del sentimentalismo, alevoso como una puñalada por la espalda, de «La cieguita», del desprecio olímpico por la vida de la mujer de «Dicen que dicen», «Fondín de Pedro Mendoza» o «Araca corazón»? O bien tomamos al tango en serio, y endosamos el credo cínico de los «hombres sabios» de los cafés, del ridículo y repelente Enrique Santos Discépolo, el hombre que comparó a su madre con algunas mesas de café y unos vasos, con sus héroes altivos como romanos, pero que se escandalizan de sus ex amantes, desvencijadas o triunfadoras? ¿O quizás tomamos el camino del limpio coraje, campero o ciudadano, de «El barbijo» o «El ciruja», el tango del que gustaba García Lorca, con la brevedad homérica de su lance caballeresco en el bajo y su protagonista anti-macho, que luego de cumplir una condena por el amor de una mujer que lo engañó y lo robó, no se siente menos hombre cuando «ya libre ‘e la gayola y sin la mina/ él recuerda aquel amor de la quemera/ y solloza en su aflicción»?
Percovich rehuye el compromiso. Elige el camino del medio. Ni uno ni otro; o mejor, un poquito de cada cosa, o sea nada de nada. La mitad del elenco toma distancia del tango; la otra mitad quiere vivirlo. Así, en la primera mitad, Claudia Rossi, con su inverosímil sombrero, no es una «Flor de fango» sino una Ayn Rand fumando con boquilla o Rita Hayworth en «Gilda»; Pepe Vázquez no tiene ningún papel coherente, lo que trata de disimular con una sonrisa helada y Daniel Spinno Lara como «El Dandy», parece un socio del Jockey Club disfrazado de malevo para un baile de Carnaval. A cargo de Juan Worobiov, Jimena Pérez y sobre todo de Luis Martínez están los pocos vestigios del tango, con sentimiento, drama y pasión, que se encuentran en «Cuartito azul».
La «pieza», así concebida, es un híbrido sin carácter; Pero esta consecuencia invalidante de un proyecto erróneo se agrava con la realización. Los textos de Percovich entre uno y otro tango son descuidados, como si fueran redactados al azar. Casi no tienen ningún sentido: si se los eliminare por completo, la pieza nada perdería y aún ganaría en concentración y ritmo. Las frases se pierden en una especie de histeria verbal, en divagaciones que no muestran un fin. Tampoco entendimos la razón o el sentido de pasear a una actriz como Jimena Pérez, ciega, con un canasto de violetas en la mano, para arriba y para abajo, durante casi toda la obra. Pero a resignarse: así son los caleidoscopios tangueros.
CUARTITO AZUL, melodrama caleidoscópico y tanguero de Mariana Percovich. con Juan Carlos Worobiov, Pepe Vázquez, Jimena Pérez, Luis Martínez, Clauda Rossi y Daniel Spinno Lara, música en vivo de «La Mufa» con Vivianne Graf, Lucía Gatti, Alejandro Migues, Jorge Pi y Martín Pugin. Escenografía y vestuario de Gerardo Egea, luces de Martín Blanchet, maestra de baile Larisa Russo, preparación vocal de Sara Sabah, sonido de Braulio Burgueño, dirección musical y arreglos de Martín Pugin, dirección de Mariana Percovich. En teatro Solís, sala Zavala Muniz.
Compartí tu opinión con toda la comunidad