Cine de Irán en Cinemateca Uruguaya
El ciclo arranca con La casa de mi amigo (martes 1º) y prosigue en días siguientes con Primer plano (jueves 3), La vida continúa (viernes 4), A través de los olivos (sábado 5), El sabor de la cereza (domingo 6) y El viento nos llevará (lunes 7), todas de Kiarostami; Salaam cinema (martes 8), Gabbeh (jueves 10), Kandahar (sábado 12) y El silencio (lunes 14) de Mohsen Makhmalbaf; El círculo de Panahi (viernes 11) y El color del paraíso (domingo 13) de Majid Majidi. Se podrían haber agregado otras películas, pero la muestra es amplia y representativa.
Un poco de historia
Cuando la revolución de 1979 transformó la dictadura del sha Reza Pahlevi en la República Islámica de Irán, la producción cinematográfica cambió radicalmente, así como muchos otros aspectos de la vida. Para entonces, la industria cinematográfica iraní tenía cincuenta años de experiencia y mil doscientos largometrajes en su haber. La revolución del ayatola Khomeini la sorprendió, infortunadamente, en medio de la peor recesión de su historia. El desorden que siguió, marcado por la incertidumbre y los rápidos cambios políticos, condujeron al cine a un estado de caos. Nada anunciaba el dorado período de creatividad que seguiría unos años después.
La victoria de la revolución, el 1º de febrero de 1979, fue acompañada por un período de recesión de cuatro años durante el cual la industria cinematográfica se llamó a silencio. Reinaba la confusión acerca de los límites de la propiedad privada. Las salas de estreno pertenecientes a empresas norteamericanas, inglesas y francesas fueron nacionalizadas. La situación política fue muy tensa durante los años 1978 y 1979, y varios cines, denunciados como «centros de corrupción», fueron incendiados. Los dueños de las salas comenzaron a cerrar sus puertas y los productores, que ya estaban en la mala, se negaron a invertir dinero en la producción de películas.
Uno de los problemas era que nadie sabía cómo iban a ser aplicados los preceptos del islam para las artes y el entretenimiento. La producción anual, que había llegado a noventa películas en 1972, descendió a dieciocho en 1978 y alcanzó un piso histórico de once en 1982. Más tarde volvió a aumentar, pero no había suficientes salas. En 1986, más de la mitad de los cincuenta y siete filmes realizados en el año quedó sin estrenar. Sin embargo, gracias al bloqueo del cine extranjero las películas iraníes superaron ese año a las importaciones por un margen considerable.
Si los tempranos años 80 fueron tiempos difíciles para la industria cinematográfica, también determinaron un cambio en la actitud de las autoridades frente al cine, que empezó a ser percibido como una herramienta clave para la creación y difusión de un nuevo modelo cultural al servicio de los ideales revolucionarios. En 1983 se creó la Fundación Farabi del Cine, con el cometido de definir un nuevo modelo de producción cultural. Una de las metas fue la de crear un cine con una identidad cultural propia.
A la larga, la solución más sencilla fue la de buscar nuevos realizadores. Los directores veteranos comenzaron a verse estorbados, se los obligó a trabajar en condiciones que distaban de ser las ideales y muchas de sus películas fueron prohibidas. Productores, libretistas y actores también tuvieron problemas y se prohibió que las actrices populares durante el régimen anterior volvieran a aparecer en la pantalla y que las mujeres de «extraordinaria y seductora belleza» pudieran incursionar en la profesión.
Los recién llegados se beneficiaron del vacío dejado por este retiro prematuro y forzoso. Aparecieron nuevos actores, miles de jóvenes se graduaron en la escuela de cine, cientos de nuevos críticos aparecieron. El público creció con ellos.
La batalla por una producción autónoma conoció varias etapas. La primera se desarrolló entre 1983 y 1986, y su lema fue «renovación». El director de la Farabi explica: «Calculamos que para sostener una industria cinematográfica completa, con sus laboratorios, salas y personal, necesitábamos producir cuarenta y cinco películas al año. Desde un punto de vista económico, nuestro cine debía hacer dinero, de modo que desarrollamos una serie de reglamentos para que ello fuera posible. Por otra parte, desde un punto de vista cultural, nuestro cine debía dirigirse a nuestra gente y reflejarla en la pantalla».
Pocos filmes realizados en esos primeros años se recuerdan hoy. La propia crítica iraní ha sido severa con ellos, tachándolos por lo general de banales, oportunistas y falsamente revolucionarios. Más importante parece haber sido lo que ocurrió a partir de 1987, momento en que la Farabi se sintió con fuerzas para dar otro paso: considerando que el cine ya podía subsistir por sí mismo, comenzó a apuntarse también a la calidad.
Algo de esto es lo que podrá apreciarse desde hoy en Cinemateca Uruguaya.
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