Del café a la cafetería
Los cafés surgieron en Francia y el resto de Europa durante el gran siglo XVII, esplendor del barroco. Fueron exportados y diseminados en los territorios conquistados y dominados en todo el mundo. En la naciente Montevideo, a fines del siglo XVIII, surgieron los café-pulpería y los café-fonda, derivados en almacén, modestos lugares de reunión de políticos y comerciantes, que a fines del siglo XIX, la brillante Generación del 900, en locales adaptados a las nuevas necesidades urbanas, convirtieron en bastiones para difusión e intercambio de las ideas en los mitológicos Polo Bamba y Tupí Nambá.
Durante los años dorados de la cultura nacional, la década del cincuenta, con nuevos impulsos generacionales, las confiterías (todavía el término cafetería no estaba incorporado al lenguaje corriente) eran lugares de encuentro de buena parte de la sociedad uruguaya, reuniones de políticos, artistas e intelectuales, remansos más sosegados y distendidos que los concurridos cafés Tupí Nambá, Sorocabana (de Plaza Independencia y Plaza Libertad), Metro, Montevideo, Boston, El Brasilero, El Ateneo o El Británico que permanecían abiertos hasta la medianoche. Aunque los parroquianos no eran muy diferentes, las confiterías eran ámbitos más recoletos y familiares, menos bullangueros, propicios al diálogo y a los encuentros sentimentales: las dos Kasdorf (Ituzaingó y Rincón y en la antigua plazoleta El Gaucho, luego completamente remodelada), la Conaprole y la Americana en la avenida 18 de Julio, El Telégrafo, de 25 de Mayo, La Mallorquina de Convención, la Santa Anita en San José y las dos que sobreviven, El Oro del Rhin, y Lion d’Or, en el Cordón, lugar de festejos de los estudiantes del IAVA, constituían espacios alternativos.
Las sillas casi no existían en las confiterías principales. Sí, las butacas amplias forradas de cuero, con diseño Art déco, esas que todavía conservan algunas confiterías de Buenos Aires, y un servicio que obedecía a códigos que han declinado en la galopante sociedad de consumo. Algo similar sucedió en las capitales europeas. Había, entre cafés y confiterías, otra diferencia importante: en los primeros era posible ver exposiciones de cuadros o dibujos en las paredes y las columnas, mientras que en las segundas, a excepción de la Americana, con una enorme vidriera, donde exhibían obras de autores innombrables, permanecían ajenas a la actividad artística.
Los tiempos han cambiado. Los cafés, bares (con sus deprimentes cármicas y plásticos, en vías de extinción), confiterías y las recientes cafeterías han borrados los límites de otrora para dejar paso al restobar, el café-librería, al amparo de la gastronomía innovadora, ambientes cuidadosos del diseño interior, confortables.
Hace un mes se inauguró SOA (Solamente Obras de Arte), art café. Una propuesta que se distancia de otras anteriores. Es una galería de arte, dirigida por Vivian Honisberg, con estudios de producción audiovisual en la ORT y con experiencia en el mercado de arte, acompañando a su madre, Dora Weisz, que terceriza el servicio de cafetería, a cargo de Marianne y Valerie Caubarrère (del Philomene, Punta Carretas). La idea de Vivian es acercar el arte a la gente que no suele frecuentar galerías especializadas o museos y establecer contacto con arte actual nacional en un ambiente apacible, disfrutando de una bebida o un emparedado, hojeando libros y catálogos a su disposición. La idea no deja de tener su atractivo en un medio de aplastante rutina, porque el ambiente es sumamente acogedor, las paredes están tapizadas criteriosamente con cuadros de artistas jóvenes valiosos. De la habilidad y el poder de convicción de la anfitriona dependerá la permanencia del lugar que tiene en Paula Delgado, coordinadora de la parte de arte contemporáneo, una personalidad de irresistible simpatía. Porque como decía Manuel Espínola Gómez, que pasó su existencia en los cafés montevideanos, lo que atrae en ellos es «ver a la gente, verla vivir, sentada, dialogando. Es una señal de vida, de presencia, de vibración. Cuando se constituyen pequeños grupos de amigos alrededor de una mesa, uno acaba familiarizándose con ciertas fisonomías. Poco a poco empieza a crearse una especie de vecindad ocasional que se vuelve casi permanente en la intimidad del café».
El jueves pasado tuvo lugar un interesante encuentro con el artista eslovaco Tomás Dzadon. Nacido en 1981, vive y trabaja en Praga, con estudios en institutos artísticos de Finlandia, Praga y Bratislava, residencias en Austria y Francia, varias muestras individuales y participaciones colectivas, Tomás es un inquieto artista preocupado con la idea de tradición, sobre la cual trabaja. Para los creadores de su generación, en la sociedad pos-socialista, encontró la solución en la arquitectura, portadora de los signos de una época. Claro, no pensó que el público uruguayo desconoce la cultura checoslovaca (hoy escindida en repúblicas Checa y Eslovaquia) que durante siglos construyó la monarquía en los períodos medieval, renacentista y barroco, con el gran arquitecto Dientzenhofer y su maravillosa iglesia de San Nicolás, que hacen de Praga (la de Mozart, Mucha, Kafka y Jiri Kolar), una de las ciudades más hermosas del mundo que, al contrario de Venecia, mantiene una intensa vitalidad, incesante y permanente. Contraponer ese esplendor arquitectónico surgido con la cadencia de los tiempos, al convencional y uniforme, impuesto por el comunismo, era la idea fundamental, para construir la tradición de lo nuevo, de una tradición heredada acríticamente, si no elegida como opción de vida. No surgió con nitidez la idea pero quedó firme la presencia de un talento a tener en cuenta.
Soa, situada en Constituyente 2046, casi Blanes, anuncia para el 10 de junio, la muestra del pintor Juan Uría.
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