Se estrenó "Final de partida", una metáfora sobre la muerte
La película, que está dirigida por el realizador y guionista Yojiro Takita, indaga en un tema poco transitado por el cine: los rituales de preparación de los difuntos previos al acto de sepelio, ceremonia que en japonés se denomina «nokanshi».
La muerte es obviamente un tópico harto recurrente en el arte cinematográfico, que discurre entre la mera banalización comercial por la gran industria de Hollywood y los abordajes bastante más sensibles y filosóficos que suelen caracterizar a la producción de otras latitudes.
En todos los casos, el tema tiene un fuerte componente de naturaleza cultural, que atañe directamente a las identidades e idiosincrasias de los pueblos.
El propio título de la obra invoca la ceremonia de lavado y preparación de los cuerpos para el momento de la partida definitiva, que, para los japoneses, tiene un fuerte componente simbólico y hasta místico.
El protagonista de esta historia es Daigo Kobayashi (Masahiro Motoki), un violoncelista que queda desocupado, a raíz de la disolución de la orquesta en la cual trabajaba.
Tras abandonar su carrera musical, el protagonista se muda a su ciudad natal, Yamagata, donde intenta recomponer su vida y obtener una nueva fuente laboral que le permita sobrevivir.
Un extraño anuncio, que parece insinuar expectativas de un trabajo bien remunerado, lo conduce a una empresa de pompas fúnebres, a la cual se vincula contractualmente luego de una entrevista con su propietario.
Superadas las resistencias iniciales de trabajar con cadáveres, el personaje central de la narración asume su nueva actividad con la dedicación y la profesionalidad requeridas.
Sin embargo, esta situación lo confronta a una tensa ruptura con su esposa, quien abandona su hogar y se traslada a la casa de sus progenitores, en Tokio.
En esas circunstancias, el joven, cuya madre ha fallecido y está separado de su padre desde la infancia, soporta los peores rigores de una soledad tan sorpresiva como no deseada.
La experiencia de lidiar cotidianamente con la muerte comporta todo un periplo iniciático de aprendizaje, que conduce al protagonista a revalorizar la vida en toda su dimensión.
Ese fin de la partida al cual alude el título en su versión castellana, alberga variadas connotaciones: una suicida que resulta ser un travestido, un joven muerto en un fatal accidente de tránsito y hasta una abuela.
En buena medida, cada cuerpo tiene tatuada parte de la historia personal del fallecido, que perdura como una suerte de legado en ese inexorable tránsito entre la vida y el incierto destino final.
Una serie de acontecimientos significativos, algunos de ellos trágicos, provocan una profunda conmoción en el protagonista, que comienza a asumir a la muerte como un trauma que se padece en carne propia y no como una circunstancia ajena.
Con una sensibilidad que es una suerte de impronta del cine japonés de calidad, el filme plantea los eternos dilemas que nos enfrentan a lo desconocido y a la inevitable caducidad y finitud de nuestro periplo biológico.
En efecto, el traumático fenómeno de la muerte toca las fibras más sensibles de la humanidad de los personajes de la trama cinematográfica, que discurren entre el dolor de la pérdida y la perdurabilidad de los afectos más allá de lo meramente racional.
El relato también retrata algunas de las más arraigadas costumbres ancestrales de la cultura japonesa, fuertemente marcada por la tradición y la ritualización.
«Final de partida» es un filme poético y conmovedor aunque demasiado condimentado para exportación, que reflexiona sobre el sentido de la vida, la muerte y la tragedia de lo inexorable.
Final de partida. (Okuribito). Japón 2008. Director: Yojiro Takita. Guionista: Kundo Koyama. Música: Joe Hisaishi. Fotografía: Takeshi Hamada. Reparto: Masahiro Motoki, Tsutomu Yamazaki, Ryoko Hirosue, Kimiko Yo, Takashi Sasano y Kazuko Yoshiyuki.
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