El mundo es una guitarra
El nuevo disco de Eric Clapton, denominado «Reptile», recompone en los oídos las virtudes de un maestro de la cultura popular contemporánea. Si hay algo parecido estrictamente a la belleza, por cierto, pues las catorce canciones del citado álbum discográfico comprueban larga y jubilosamente ese paisaje hechizante.
Eric Clapton es de esos artistas natos y netos a los que hay que catalogar de individuos guía o, si se quiere, de personajes faro de la música popular contemporánea y, sobre todo, de esa superficie que admite tantas variantes como subgéneros como lo es el rock. Todo es posible con Eric Slowhand Clapton: un músico que ha logrado atravesar las épocas y todo tipo de turbulencias y lógicas de cambio, de hábitos sin perder un gramo de nobleza y autenticidad y sin que haya decaído su función creadora desde que asomó ya tan lejanamente en los sesenta con los inolvidables Yardbirds, más tarde ya volcándose incadescentemente al rythmn & blues con los Bluesbrakers y en particular con uno de los proyectos más intensos y extraordinarios como fuese Cream.
A partir de allí, el lector lo sabrá, Clapton fue Dios para sus masivos fans: esa idolatría lo ha perseguido durante las décadas de su más que fructífera peripecia como compositor, cantante y guitarrista y, por cierto que su extensa trayectoria en plan de solista sigue manteniendo esa situación comunicacional con sus receptores.
Reptile contiene catorce deliciosas canciones y está dedicado a su tío Adrián: el resultado es que Eric Clapton demuestra una vez más estar en excelente forma como cantante y guitarrista, como seleccionador de temas ajenos que los hace de su propiedad con una fluidez y una soltura impresionantes (escúchese reiteradamente las versiones de «Come Back Baby» de Ray Charles o «I’Aint Gonna Stand For It» de Steve Wonder para comprobar lo antedicho), además de formar una banda donde resucitan instrumentistas de la superestatura interpretativa del baterista Steve Gadd o el tecladista Billy Preston.
Todo funciona a la perfección en un disco como Reptile. Clapton y su caliente y hasta refinado combo navega por el blues y el rock, la inevitable inflexión baladística, el envolvente sonido gospel. Variaciones de Clapton encima de Clapton que no inician una era ni trasgreden, pero que conmociona en su forma y contenido. Es más que suficiente para este cincuentón cada vez más melancólico y sabio.
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