Desde hoy en Cinemateca Uruguaya una retrospectiva de Jacques Tati
La muestra incluye filmes desde sus cortos iniciales como «Cuida tu izquierda» (1936) y «Escuela de carteros»(1947), que se exhiben el primer día junto con su debut en el largo «Día de fiesta» (1949), y proseguirá en días siguientes con «Las vacaciones del señor Hulot» (1953, viernes 21), el corto «Cours du soir» y el largo «Mi tío» (1958, sábado 22), «Playtime» (1967, domingo 23), «Trafic» (1971, lunes 24) y «Parade» (1974, martes 25).
El miércoles 26 a la hora 19.00 se llevará a cabo en Sala 2 (Lorenzo Carnelli 1311) una charla sobre la figura de Tati a cargo de Guillermo Zapiola, crítico cinematográfico y programador de Cinemateca Uruguaya.
El pretexto es la recuperación de la copia de «Las vacaciones del señor Hulot», una obra maestra de Tati, pero cualquier excusa es buena para rever la obra del más grande humorista francés (y, de uno de los pocos y más auténticos maestros del cine de su país).
De origen francorusoitalo-holandés, Tati (apellido completo, Tatischeff) nació en Le Pecq, Yvelines (Francia) y falleció en París por causa de una neumonía el 4 de noviembre de 1982.
Fue sin lugar a dudas uno de los grandes cómicos de la pantalla, heredero directo de los maestros del mejor cine cómico mudo norteamericano y francés (Linder, Chaplin, Keaton). Su cine volvió a las fuentes de la comedia cinematográfica y a la pureza del gag visual, sin renunciar a un rico arsenal humorístico, extraído del universo de los sonidos. Procedente del musichall, había actuado en algunos filmes y producido varios cortometrajes, pero su primera fama provino de dos películas dirigidas e interpretadas por él que marcan una fecha en su carrera y en la historia de la comedia cinematográfica: «Día de fiesta» (1949), y «Las vacaciones del señor Hulot» (1953), visión satírica del veraneo pequeño burgués en una plácida localidad costera.
La sátira del hombre moderno inserto en un avasallador mundo material lo condujo casi naturalmente a la burla de la moderna civilización urbana (urbanismo, funcionalismo, diseño, automatismo) en «Mi tío» (1958), y en el laboriosísimo «Play Time» (1967), donde recurrió a gags visuales propios del cine mudo y a otros puramente acústicos, línea que proseguiría en Trafic (1971), en la que exhibió empero algunos rasgos de repetición y agotamiento.
La figura de Tati aparece inevitablemente unida a la de su frecuente alter ego en la pantalla, el señor Hulot, un tipo conservador, de buenos sentimientos pero incapaz de entender en qué mundo vive, y cuya sola presencia desencadena toda clase de cataclismos que el personaje no tiene la menor idea de estar provocando.
Autor cinematográfico por excelencia, dotado no solamente de un inteligente sentido del humor sino también de una excepcional capacidad de comprensión acerca de las posibilidades del medio como herramienta de expresión audiovisual, el cine de Tati puede ser apreciado hoy como una obra parca (hizo apenas nueve largos) pero extremadamente consistente, en la que cada filme parece preparar al que lo sigue, con un discurso de notable coherencia. El final de «Mi tío», por ejemplo, parece abrir camino a la sátira de la tecnología de «Play Time»; el ballet de automóviles de este último filme conduce casi naturalmente a «Trafic».
Quienes suelen acusar al cine francés de «intelectual» y especialmente de «literario» deberían permitirse una dosis de Tati, de su permanente inventiva audiovisual, su casi ausencia de diálogo (que, cuando lo hay, suele estar sepultado por los ruidos ambientes, excepto unas pocas palabras cruciales que se destacan de pronto) y su espíritu bonachón pero indisimulablemente crítico de algunas de las tonterías de este mundo. Fue, a la vez, un comediante de primer nivel y un creador mayor del cine.
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