Pilar González: El olor del jengibre
Hoy, a las 19 horas, en el Museo de Arte Contemporáneo, Pilar González inaugura la muestra titulada El olor del jengibre. Luego de recorrer, en una fecunda trayectoria de 25 años, el dibujo, la ilustración, la pintura, la instalación, el vestuario y maquillaje teatrales, durante la cual cosechó numerosas distinciones y comentarios elogiosos, esta personalidad clave de la generación intermedia presentará una faceta hasta ahora desconocida producto de una experiencia reciente que modificó su relación con el mundo y la creación artística.
En una entrevista exclusiva a LA REPUBLICA, Pilar confesó: «La muestra es doblemente significativa para mí. Por un lado, estos trabajos reflejan la madurez de mi vida, por otro, me muestran como mujer y artista después de la experiencia de Laos. Hace ya un año, realicé un viaje a Laos, Indochina, que tanto me conmovió y que generó en mí cambios que me han convertido en otra persona. Aquel lugar que nos es tan ajeno, considerado entre los más pobres del mundo, y que aún vive las consecuencias de haber sido el país más bombardeado de la humanidad, exigió de mí un reordenamiento interior en todos los sentidos posibles. Mi realidad personal debió adaptarse a lo distinto rápidamente. A partir de entonces mis referencias son otras, mis prioridades, mis gustos… tanto me ha cambiado, tanto me ha seducido.
Desde entonces no he podido olvidar a ese dulce pueblo, sus animales, su paisaje siempre surcado por el Mekong, sus casas, los olorosos mercados, los templos, los grupos de minorías étnicas, aparentemente abandonadas por Dios. Creo que el intenso deseo de regresar, o de recrear ese mundo para meterme en él, hizo que primero escribiera la narración que publiqué en el Suplemento Cultural y luego, sin darme cuenta, cambian las formas de expresión para así volver a lo que me es más familiar, la pintura y el dibujo.
En enero pasado, cuando comenzaron a salir estas formas distintas a las que me son características, primero me sorprendió. A medida que la serie se iba completando, de manera que cada obra apoyó a las otras, fue cuando tuve la visión de conjunto que me permitía reconocer aquello que estaba pariendo.
El olor del jengibre reúne todo: mi madurez, mis últimos cambios, la melancolía con que recuerdo aquellos olores, colores, gustos y afectos y, finalmente, mi misteriosa relación con la tierra «del millón de elefantes».
La muestra se compone de 17 obras colgadas en paredes incluyendo dos desplegables. Cada una mide 0.70 x 0.55 cm y se desarrollan en todos los casos según un formato vertical. Están realizadas en papel artesanal, hecho en Laos. Sobre ese soporte trabajó con otros papeles, la mayoría también artesanales de procedencia japonesa y laosiana, con el agregado de algunos Canson, y la incorporación de hilados, palitos y huesitos de aves (en dos obras desplegables como acordeón típicas de Indochina). Hay, además, pequeñas obritas en papel de seda que contienen textos de la artista, escritos con pluma acompañados de rápidos dibujos ilustrativos. La expresión de la obra surge de la mezcla de los diferentes lenguajes formales (pintura, dibujo, collage, cosido), en parte reciclados y reutilizados. Domina la abstracción en la que aparecen elementos orgánicos, como elementos de sugerencia, provocación, perturbación, zonas de intenso color dialogan con negros y grises, con línea diagonal que refuerza la mancha de color que en ocasiones se convierte en un esgrafiado que surca el material y otras se levanta del plano y el trazo con un hilo de costura.
En la zona central de la sala del MAC se instalará una tarima rectangular pintada de negro como soporte visual a cuatro elementos de vestuarios realizados para la pieza «La grulla del crepúsculo» de Junji Kinoshita, diseñadas en 1998, que estarán colgadas sobre una caña horizontal sostenida desde el techo y a un costado se creará una cámara negra donde se instalará un pedestal que sostiene un cuaderno fabricado a mano con hojas de bambú, usado como diario de viaje, e iluminado con luz cenital. El apoyo sonoro pertenece a Kitaro y el olor al jengibre se sentirá en el aire.
La intención de la muestra es, según Pilar, la sobriedad, el despojamiento, la sutileza no carente de fuerza, la sugerencia, la búsqueda de la interioridad, un replegarse, volver a lo esencial, no diluirse.
Un minisalón y un fotógrafo
Aunque la muestra del Banco Hipotecario 2000 se refiere a la pintura, el jurado (Jorge Abbondanza, Angel Kalenberg, Alfredo Torres) entendió pertinente adoptar un criterio flexible, abierto y abarcador de otros lenguajes. Así y con acierto, otorgó el primer premio a Osvaldo Cibils «por su aplicación de modalidades artesanales absolutamente cercanas, indicios de una posible identidad creadora: el trabajo con tiento, el trabajo con lonja rescatado, además, en la generación de formas que bien pueden pertenecer a nuestra rica y postergada mitología rural». En efecto, sus microformas adquieren una finísima dimensión sensible que para muchos pasaron desapercibidos en oportunidad de su primera y reveladora muestra en el MEC. El resto de las distinciones es menos compartible, por suerte. Pablo Conde repite una idea feliz, Diego Masi trivializa sus objetos (un par de ojotas en clave cinética), Alvaro Gelabert insiste en un collage laboriosamente compaginado con el agregado de una imagen nostalgiosa y Vladimir Muhvich obtiene discretos resultados en la técnica xilográfica. Otros participantes continúan una línea ya trazada y sin sorpresas (Raquel Barbosa, Marianela Sosa, Aída Sokolovsky, Javier Bassi, Marcelo Mendizábal), mientras Diego Píriz recupera su ímpetu satírico. Se hacen notar Claudia Ganzo, con una tinta china aguada, y es especial, merecedora de una mención, Ana Dolder, con un tarot indígena naïf e inspirado.
La revelación en lo que va del año es Carlos Costa. En la Colección Engelman Ost efectúa la primera muestra individual con el título Arboris. Nacido en Paysandú en 1964, integró el Foto Club Uruguayo donde se interesó por el formato panorama. Aquí presenta un proyecto fotográfico serio en una docena de trabajos en blanco y negro que recrean la soledad minimalista del campo uruguayo (le bastan unos pocos árboles, un cerro, unas pocas nubes, un caballo, un tronco caído, árboles aislados) para traducir el sentimiento de regocijo y energía del terruño. Con una gran riqueza de grises y sus variaciones de contrastes, Costa rememora el paisajismo pictórico del siglo XVII con un suave talante romántico. Excelente pequeño catálogo diagramado por Rodolfo Fuentes.
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