La trágica historia del doctor Denevi
Ciertamente, esta obra de Jorge Denevi no intenta la evocación de su vida, pero en este caso cabe preguntar qué se propuso.
En un extenso comunicado el autor dice haber abordado «el análisis de su propia vida… una obra donde enfrenta todos los temas que lo obsesionaron… su infancia, sus esposas, sus amantes, sus trabajos en televisión…sus adicciones. Todo está ahí». Y remata con esta frase publicitaria: «Una obra en la que todo lo que se ha rumoreado de Denevi en los últimos tiempos, el autor asegura…que es cierto».
A veces nos hemos preguntado, a lo largo de estos extensos años de crítica, cuántos Jorge Denevi hay. Hay un fervoroso lector de «En busca del tiempo perdido», de Oscar Wilde y de Alberto Girri; hay, si atendemos a fuentes confiables, un Denevi jugador, como el padre «burrero» de «Tardes enteras en el cine». Está el libretista frívolo de televisión y de las piezas «de verano» como «Manual de supervivencia para la mujer casada» (con Andrés Tulipano) que trillaban una vez más al mismo público; el hombre siempre dispuesto a dar una mano sin interés alguno, a amigos y a extraños. Junto al brillante director de obras como «Viaje de un largo día hacia la noche» de O’Neill y «Copenhague» de Michael Frayn está el director de «No seré feliz pero tengo marido» de Viviana Gómez. Es la reencarnación de Fausto: el hombre que quiere ser y hacer todo. El temible dístico de Li Tai – Pe (o Li Po) «Arrebata a la vida sus dones, que nada se pierda/ mil monedas al viento esparcidas tal vez a ti vuelvan» pudo ser su lema.
Pero el demonio cobra su precio, y en algún momento nos encontramos, como Peer Gynt, con El Fundidor; y no querríamos oír ese diálogo, cuando suceda. Como Don Juan, todavía puede Denevi decir «Tengo tiempo»; pero el tiempo pasa y, lo que es peor, pasamos nosotros, en el cuadragésimo noveno sentido que tiene «pasar» en el Diccionario de la Real Academia Española de acabarse, morir. Siempre tendrá Denevi algo por hacer, y posiblemente ese algo vaya desde lo trivial hasta lo muy bueno; quizás pudiere alcanzar, como todavía sueña y proyecta, la excelencia en el arte.
Teníamos la sustancia de un aterrador drama que podría titularse «Che, Mefistófeles»; tenemos, en cambio, «Tardes enteras en el cine». Desde el título Denevi nos anuncia, como el poeta «…par délicatesse/ j’ai perdu ma vie» (Por delicadez/arruiné mi vida). Como Swann cuando se casa con Odette y concluye que unió su destino a una mujer que no era su tipo, Denevi parece encogerse de hombros, con un amargo ¡Tanto da!» Como el terrible final de «La educación sentimental» de Flaubert, donde Moreau y Deslauriers concluyen que lo mejor de sus vidas fue una visita, un tanto frustrada, al burdel de la «turca», se sugiere que las tardes enteras en el cine, donde se disfrutaba viendo escurrirse la vida, pudo ser, también, lo mejor de su vida.
Teníamos en ciernes, en proyecto, en semilla, todo aquello tan prometedor, casi tan valioso ya. Allí está todavía; y es un territorio virgen (hay todavía, para Denevi, territorios vírgenes) que espera a su único posible explorador, conquistador y labriego. Tenemos, digámoslo de nuevo, porque la repetición de todo o casi todo, como en los salmos, siempre significa algo, «Tardes enteras en el cine». Se dicen muchas cosas; pero se dicen demasiado. El cocainómano aspira demasiadas «rayitas», el gerente de marketing fastidia con el rating, nos abruma la fiebre timbera del padre, las mujeres son una y ninguna, porque parecen todas la misma, hay demasiadas veces la misma escena de celos, alguna vez con estallidos de violencia. Como confesión, Denevi confiesa poco: nada que no supiéramos. Pero el arte no es confesarse y menos decir lo que todos saben. Soñábamos con encontrar, si no una obra acabada, algo que contuviera una promesa, un esbozo, un grabado con la leyenda «esto es lo mejor de mí, como el manuscrito de mil páginas que Marcel Proust escribió y que fue un prototipo, primero de «Jean Santeuil» y luego de «A la recherche…» Aquello podía hacerlo Jorge. No lo encontramos.
Tal como es sobre las tablas, con prescindencia, si ello es posible, de lo que sabemos sobre el autor, la pieza tiene interés y emoción. Las escenas de la infancia tienen un timbre de autenticidad, difícil de encontrar; las escenas con las mujeres, a las que no se nombra, tienen menos. El conjunto, como el autor, es atractivo, inquietante y a veces decepcionante.
Que Ricardo Beiro haya aceptado, luego de años de ausencia de las tablas representar a Denevi, es otro capítulo entero de significados recónditos que alguna vez abordaremos, por la admiración y hondo aprecio que nos merece el actor, que a diferencia de la definición de Wilde, es una esfinge con enigma. Ileana López interpreta a varias mujeres, que para nuestra cuenta debieron ser, por lo menos, tres; pero aunque su labor es impecable, no nos es posible saber, a veces, a cuál de ellas estamos viendo. Curiosamente, quizás por una reserva y discreción muy estimables en el autor, es tan discreta la mención de las mujeres, esposas o amantes, que, cuando termina la obra, la mujer parece ser lo de menos. Margarita, Solveig…ufa.
TARDES ENTERAS EN EL CINE, de Jorge Denevi, con Nelson Lence, Ricardo Beiro, Hagop Davidian, Myriam Campos, Ileana López y Diego González. Ambientación sonora y música de Sandro Percovich, vestuario de Cristina Cruzado, músico Daniel Tomikian, coreografía de violencia doméstica de Christian Zagía, iluminación y dirección de Jorge Denevi. En teatro de La Candela.
Compartí tu opinión con toda la comunidad