Arte

Dos enfoques disímiles sobre Gurvich

José Gurvich (1927-74) quizá sea el artista uruguayo más revisitado a través de importantes exposiciones individuales, dentro y fuera del país, sobre el cual se han escrito numerosos libros y catálogos, incorporando abundante documentación fotográfica, testimonial de su entorno vital y amical. Numerosas reseñas críticas acompañaron esas exhibiciones. A pesar de su muerte joven, a los 47 años, Gurvich dejó una producción inmensa, de una variedad de temas, estilos y soportes utilizados. Realizados, casi siempre, dentro de precariedades económicas minuciosamente especificadas por sus escoliastas. Al parecer, todo ha sido analizado y todo ha sido exhibido.

Las antologías, retrospectivas o recordatorios tienen los inequívocos y probablemente inevitable característica, de sensación de algo ya transitado con reiteración, de ir acumulando como capas sucesivas que en lugar de iluminar la creación original, la mediatiza, la convierte en referencia mecánica que se supone consabida. Sin embargo, cada nueva muestra del polifacético Gurvich, aún con obras conocidas, concita el redoblado deleite ante sus hallazgos formales y expresivos. Los enfoques han sido casi siempre respetuosos de la cronología, de la separación en períodos, pintura y sus variantes murales y de materiales, cerámica y sus variantes tratamientos del barro, sus dibujos y anotaciones de proyectos.

Se han evocado, con empecinada vocación anecdótica, su vida humilde y laboriosa, los distintos barrios y ciudades en que vivió y trabajó, los maestros (Cuneo, Torres García) e influencias (inevitablemente Torres García, Bruegel, Bosch, Chagall, Klee, Miró, Picasso). Han sido y siguen siendo, enfoques parciales, sesgados, que rara vez satisfacen con una visión totalizadora y sintética de la obra y el contexto socio­cultural en que la realizó. Faltó esa visión comprensiva de un artista una vez superada la infinidad de pequeños aconteceres cotidianos y múltiples referencias estéticas. Figurativo, casi siempre, abstracto por breves períodos, ligado a la religión judía en la persistencia de símbolos religiosos que alternan y se confunden o intercambian con los símbolos de artistas que admiró y perduraron en una suerte de sincretismo estético. Porque para Gurvich remontarse hacia el pasado no significó anclar en el arte precolombino como la mayoría de sus colegas del taller torresgarciano, aunque quedaron los temas (el puerto, los cafés, las naturalezas muertas, la pareja universal) sino una inmersión en la religión judía enhebrada con la experiencia vital de la infancia en su país natal y de las repetidas estadías en Israel. Se apartó del sistema ortogonal del constructivismo para introducir la espiral en la composición, estableciendo un curioso diálogo de formas abstractas y orgánicas con representaciones figurativas no naturalistas, hasta internarse en una narrativa de corte onírico, poblada de sueños y ansiedades, incursionado con espontaneidad en los meandros del arte tribal primitivo y contagiándose de las propuestas de las vanguardias que rodeaban en Nueva York, hasta zafarse de todo lo experimental y encontrar, al fin, en el erotismo liberador, la casa del ser, como diría Heidegger, puesta de manifiesto en las magníficas cerámicas últimas y los monumentos de plaza. La muerte truncó esa voluntad heroica de encontrase a sí mismo.

La Galería Omar Prato, con sus clásicos y rigurosos montajes, destaca, con piezas de diferentes procedencias, la plural inventiva de Gurvich y en cada una de ellas se descubre al inventor de formas, entre 1946 y 1972, la sensual vitalidad que deposita en cada pincelada, en la intensidad de un color, el temblor del trazo, la torrencial movilidad de la composición. Es el triunfo del creador que estalla por todos lados en camerística musicalidad.

El Museo Gurvich habilitó las tres plantas y a Alicia Haber, curadora invitada, se le ocurrió la idea de recorrer Los universos judíos de José Gurvich, estableciendo seis ejes temáticos que acentúan el aspecto anecdótico y narrativo de las obras, desplazando, sin proponérselo, el valor intrínseco de cada una de ellas. La afanosa y discutible búsqueda de signos y símbolos del judaísmo opacan o postergan la inmediatez, y hasta estorba, la comprensión del artista, más complejo que esa lectura reduccionista. Haber investigó dos años, visitó varios países y tantos afanes engendraron un texto de fin de semana. Claro, a la entrada, el portentoso Mural constructivo en bajo relieve, yeso, 1963, estupendamente iluminado que resalta el tratamiento en su refinada blancura, junto a otras admirables obras y, sobre todo, en la planta inferior con esculturas cerámicas, compensan largamente la acotada visión de la curadora. Destacar, la cuidosa labor de la complicada presentación en los tres pisos, es atributo del eficaz equipo del museo bajo la mirada vigilante de Silvia Listur, directora ejecutiva.

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