En escena. Humberto de Vargas, Virginia Rodríguez, Graciela Gelós, Ulises Parada y la dirección de Ahunchaín

"Incrustaciones" o "El paladar de la reina"  de Chantal Thomas, en teatro de La Gaviota

El primer acto, con la joven Raimunda (Virginia Rodríguez) seduciendo al sudoroso y desganado Patricio, debe ser lo mejor de la pieza, sobre todo por la actuación vivaz, cálida y comunicativa de la actriz.

Se casan; sobreviene la innominada madre de Raimundo (Graciela Gelós) que se incrusta en el matrimonio y tiende a separarlo (de ahí «Incrustaciones»). Sigue la comedia en la línea de menor resistencia: Patricio desdeña a Raimunda y prefiere a su propia madre, quizás más allá del mero «complejo de Edipo», y, como siempre queda bien una «relación de amor­odio», el hijo trata de matar a la madre nada menos que con un cactus contenido en una rosca de Reyes (de ahí, pensamos, «El paladar de la reina»).

La preferida Raimunda muere en un accidente náutico, tan repentinamente como Albertine Simonet en «Albertina ha desaparecido»; y la vemos, dialogando con una especie de administrador del más allá, la enterrada pero suelta y lúcida, contemplando, a través de la losa del sepulcro, el inmortal romance madre­hijo.

Con esta pieza, y otras semejantes, el teatro parece dirigirse a su autoinmolación.

Es muy claro que mientras pasaba algo en escena, cuando la seducción de Patricio, la pieza resultaba de algún interés y cuando toda acción se encapsula en las narraciones, que son muchas, la obra agoniza. Se hunde en un mar de palabras vacías, como Raimunda en las aguas del mar luego de ser embestida por una lancha.

Los actores que sobreviven a la infortunada Raimunda actúan bien, pero no pudimos verles convicción. Creemos que era una misión imposible.

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