Traumas de una clase social insatisfecha
EL discurrir existencial comporta todo un desafío que se nutre recurrentemente del conocimiento empírico, pero también de los afectos y las pasiones alimentadas al calor de las más entrañables quimeras.
En todos los casos, el tiempo es el árbitro de ese itinerario casi siempre complejo y azaroso, que se realimenta particularmente de la causalidad como una suerte de mandato determinista.
Al margen de la mera producción artística, el cine ha sido siempre un testigo privilegiado de la comedia humana en sus múltiples y más variadas expresiones.
En un tiempo en el cual el poder de la industria suele marcar las pautas en materia de consumo mediante cuantiosos presupuestos y recursos meramente efectistas, la cinematografía europea sigue conservando su singular impronta de buen gusto y sensibilidad.
Este es el caso de «Cena de amigos», el nuevo filme de la realizadora francesa Daniele Thompson, que es un elocuente retrato agridulce de la condición humana.
La cineasta gala ha sabido cultivar, con incisiva sabiduría, los claros y oscuros de la convivencia cotidiana, el universo de los afectos y los entretelones de las relaciones sociales.
Como se recordará, en «Lo mejor de nuestras vidas», que se estrenó hace dos años en Montevideo, Thompson elabora un cuadro costumbrista que explora la intimidad de un grupo de seres humanos expuestos a la intemperie del destino.
En este nuevo largometraje, que data de 2008, la directora y guionista ratifica su predilección por el formato de la comedia francesa clásica, que le cae como anillo al dedo para ingresar en la intimidad de sus atribulados personajes.
El osado ejercicio de exploración de psicologías se desarrolla en una escenografía aparentemente irrelevante: una cena compartida por un grupo de amigos o no tan amigos.
No en vano todos son pequeños burgueses ya maduros, que cargan sobre sus espaldas con conflictos no resueltos y pesadas frustraciones que no han sabido procesar en el curso de sus vidas.
Los convocantes de la reunión son los miembros de una pareja de cuarentones, cuya convivencia hace un buen tiempo que es mera rutina, costumbre y aburrimiento.
El relato se desarrolla en dos planos: el de los rostros impostados y promocionales que encubren culpas y mentiras y el de los secretos y complicidades que se van procesando subrepticiamente.
Esas tensiones jamás dirimidas aflorarán en el transcurso del relato, que reflexiona sobre la hipocresía y la doble moral de una clase social insatisfecha, como si se tratara de un desfile de máscaras.
La realizadora sabe administrar los dramas subyacentes, en una película que no desestima el humor como antídoto para aliviar la onda expansiva de los conflictos internos de los protagonistas.
Narrando el filme en dos escenarios temporales, Thompson corrobora la mutación de las relaciones humanas y el inexorable desgaste que suelen padecer los vínculos interpersonales.
Para construir esa escenografía, la realizadora convoca a un sólido reparto actoral, en el cual destacan la siempre sugestiva Emmanuelle Seigner, Danny Boon, Patrick Bruel y Christopher Thompson, hijo de la directora y coguionista del filme.
«Cena de amigos» es una comedia coral bastante más agria que dulce, que reflexiona sobre algunos de los conflictos más habituales y crónicos de la convivencia cotidiana.
Aunque retrata con realismo y acento crítico a una clase social agobiada por traumas y frustraciones, la excesiva recurrencia a ciertos estereotipos desluce en parte el planteo conceptual.
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