"Casa de muñecas" de Ibsen, en el Teatro San Martín

Yo, la peor de todas

En sus manos Krogstad, con una buena composición de Luis Machín, no es ya un frío chantajista sino un alma romántica, una especie de lord Byron nórdico que espera su redención alternativamente del odio y del amor, y el doctor Rank (Gabriel Correa) pasa por la obra envuelto, más que en su capa, en un atrayente misterio, que no cede ni cuando confiesa, abdicando por unos segundos de su estoicismo, su amor por Nora.

Ya sería demasiado pedir que la directora se apiadara de Thorvald Hellmer, el marido de Nora, un personaje al que nadie trata bien, dentro o fuera del escenario y que, aunque un tanto fatuo y otro poco necio, merecería mejor atención, del mismo modo que Nora, una cabeza a pájaros y, al menos en las últimas versiones, un tantico coquetuela, merecería ser bajada de su pedestal y puesta en el lugar que ella misma se asigna cuando declara que no sirve para nada.

Se han levantado banderas de liberación femenina en homenaje a Casa de muñecas, pero nada en la obra lo justifica. Creemos que, como de costumbre en Ibsen, la obra muestra el conflicto de la familia, esa pequeña sociedad, y el individuo; el choque de los deberes comunitarios con las aspiraciones personales, la lucha entre las disposiciones innatas y la conducta adquirida, entre el camino de Meséglise y el de Guermantes, esas dos líneas de acción que suelen apretar como tenazas y cuya unión muy pocos realizan antes de la muerte.

Así Brand, Un enemigo del pueblo, Los pilares de la sociedad o El pato salvaje. Cristina amó a Krogstad, pero renunció a su amor y se casó con otro hombre, en parte por presiones sociales, al socaire de sus deberes familiares, y en parte por interés, que es un valor social; Krogstad, herido en el alma, se sintió con fuerzas para transgredir frontalmente las normas, pero fue destruido por la sociedad y busca renovar el ciclo fatal, constituyéndose en un agente de destrucción; Nora, toda ella conducta socialmente aceptable, toda «espíritu objetivo», pasa de la patria potestad a la potestad marital, y reflejará esa dependencia en la educación de sus hijos. Rank la ama, pero el deber social de su amistad con Thorvald le impiden revelar su amor, hasta que la inminencia de la muerte lo libera de sus cadenas; Hellmer ama a Nora, pero las presiones de su carrera lo hacen malversar ese amor. El desenlace, donde Nora abandona todo y salta en el vacío, es angustioso; pero el desenlace opuesto, que Ibsen también escribió, con Nora regresando al hogar, es más angustioso todavía.

La directora, en el programa de mano, ve con claridad el tema, cuando escribe que «Esta historia no es la tragedia de una mujer. Representa la eterna pelea del individuo con la cultura a que pertenece…»; pero de inmediato paga tributo al lugar común: «…sobre todo» (Casa de muñecas) «viene a mostrarnos… que las mujeres y los hombres aún no hemos encontrado cómo vivir enamorados en familia pese a que no hay ninguna fatalidad psicológica que nos imponga la hostilidad». La razón, por supuesto, está en aquellas sombrías primeras líneas y no en las últimas, que podrían pertenecer a cualquier programa de televisión. Entre las muchas presiones sociales que se han sufrido a propósito de esta obra, está situar exclusivamente a Nora como víctima cuando todos lo son, y por la misma causa. El drama se descentra hacia el lado sentimental y pierde fuerza: las vagas aspiraciones de «realización» de Nora son tan vacuas y desesperantes como las del monólogo «Antes del desayuno» de O’Neill. Frases como «Mis deberes para conmigo misma». o «Necesito estar sola para estudiarme a mí misma y cuanto me rodea» y sobre todo la necedad final de que todo podría solucionarse si «…nuestra unión fuera un verdadero matrimonio» son la revelación final de que la fuga no es libertad, y que, fuera de su casa de muñecas, Nora estará presa en la cárcel que se construyó en su infancia.

El elenco funciona. Carolina Fal tiene un aire gatuno y un tanto sinuoso que cuadra a Nora, Alejandro Awada convence con su Hellmer y tanto Gabo (o Gabriel) Correa, de la ex Pista 4, como el Dr. Rank como Mara Bestelli (Kristine Linde) hacen bien sus papeles.

 

Casa de muñecas, de Henrik Ibsen, dramaturgia de Ignacio Apolo, con Carolina Fal, Alejandro Awada, Luis Machín, Mara Bestelli y Gabo Correa. Escenografía de Alberto Negrín, vestuario de Mini Zuccheri, iluminación de Jorge Pastorino, dirección de Alejandra Ciurlanti. En sala Cunill Cabanellas, Teatro Municipal General San Martín, Av. Corrientes No. (Subterráneo «B», Uruguay).

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