Gran Hermano, El Bar y los otros

Del voyeurismo a la perversidad

Victoria Abril se quedó sin trabajo. Es decir su personaje: aquella rara, inquieta chica Almodóvar que se enfundaba un extraño atuendo con cámara incluida y en consecuencia filmaba todo lo que se topaba para elaborar su reality-show. Kika, así se llamaba el personaje y por cierto la película, pasó a ser historia. Kika, en el reality-show de 2001, es demodée. Y la ficción ya no de The Truman Show (Jim Carrey no sabía que lo filmaban las 24 horas), sino de otro largometraje como EdTv (donde el personaje de Matthew Mc Connaughay sí acepta la propuesta de ser filmado), ha sido superada largamente por la propia realidad dentro de un aparato que tiene como objetivo el entretenimiento a partir de las construcciones narraciones ficticias, aun cuando se apoyen en datos de la realidad (la televisión).

Desde la aparición del programa holandés Big Brother, todo parece haber cambiado en el universo de la comunicación televisiva. El impacto de filmar durante las 24 horas a un grupo mixto de personas jóvenes, medianamente cultas e informadas y más bien atractivas físicamente en el circuito cerrado de una casa con todas las confortabilidades, rompió el rating. Y desde entonces puede admitirse que la cultura televisiva acaba de dar un salto olímpico fortísimo donde anónimos o mejor, ciudadanos comunes, se transforman en una forma de la celebridad.

El voyeurismo del lado de los receptores aumentó por millones, y desde luego, todos estuvieron pendientes de los avatares de los miembros de Big Brother (parece una ironía que se utilice una designación claramente orwelliana de tono denunciatorio para, justamente, practicar lo contrario ¿o no?), de sus estados de ánimos, de su sentido de la convivencia y de competividad, de sus roces íntimos, de sus confesiones a cámara, etcétera. En otro sentido, aunque con otra locación pero con intereses similares, el segmento Survivor también ganó miles y miles de receptores y que, en el Río de la Plata tuvo su versión por cierto exitosa denominada Expedición Robinson, la cual ya ingresó en su segunda temporada por Canal 13.

Big Brother no tardó en poseer asimismo su versión argentina que todo lo imitan: el segmento Gran Hermano, del cual se brinda una síntesis cotidiana a las 20:30 por Canal 4. Y además existe una versión española que parece mejor resuelta.

Lo mismo ocurre en El Bar, que puede verse todos los días por cable a las 21 y por aquellas empresas que bajan a América TV el grupo también es mixto y convive en una casa con la diferencia de que, por las noches, deben cumplir tareas en un bar donde concurren mayoritariamente aquellos que están siguiendo las vicisitudes de este reality-show.

Si hablamos de producción final entre Gran Hermano y El Bar (que trabaja sobre el homónimo de origen sueco), este último aparece mejor estructurado y resuelto desde su casting (las personas/personajes) al desarrollo: indudablemente posee el sello inconfundible de la productora Cuatro Cabezas, cuya voz de mando es la de Mario Pergolini (conductor del extrañado Caiga Quien Caiga) y en apariencia parece más atractivo.

Pero, en esencia, si se piensan como superficies lúdicas (de juego), ambas parecen tener generosos grados de perversidad y de efectos manipuladores desde el vamos y que, por transferencia natural, actúan en la propia convivencia de ambos grupos. Dentro del «juego», todas las semanas debe retirarse uno de los involucrados. Por votación de sus pares y por votación de la teleaudiencia. Hay diferencias decisivas en los segmentos mencionados mientras que en Gran Hermano la votación se practica en el llamado «confesionario» (el sitio donde se habla a cámara) y en forma anónima, sin que se entere el resto de los participantes, en cambio en El Bar se hace a cara descubierta y delante de todos, lo cual ha producido situaciones tensas.

Los dos segmentos admiten similares lecturas: el voyeurismo –que ya existe por millones en los sitios de Internet– no sólo abarca a los tímidos, sino a todos, porque aunque sea de reojo hasta el más reacio a los reality-show, vio tramos y terminó enganchándose con las historias y subhistorias de Gran Hermano y El Bar.

Los personajes pueden regalar ternura y hasta emociones fuertes, ser conflictivos y hasta diferentes (el caso del travesti que aparece en El Bar: lo paradójico es que el más transgresor posee el perfil políticamente correcto), transar sexualmente como ha ocurrido en ambos segmentos, generar cúpulas o alianzas en contra de alguno (ocurrió en El Bar con la denominada «La Cumbre» que votó para tratar de expulsar del «juego» al aparentemente más inadaptado del grupo, Daniel, y obtuvieron un efecto de boomerang de parte del público), poseer la sensación de la celebridad o de casi héroes que le potencian claramente sus estados de ánimo y la autoestima, actuar o intentarla ante la profusa y estratégica colocación de las cámaras, ser seductores o lo contrario, discutir abierta y frontalmente temas que pueden ser importantes o triviales, etcétera. Se juega con las emociones. ¿Es correcto? Y lo peor: en estos programas se revalida y se potencia aquello que decía Milan Kundera en relación a la fotografía: «la muerte de la privacidad» es un hecho tan contundente como patético.

Pero, en rigor, todo es un ejercicio inmenso de manipulación. Por 100 mil o 200 mil dólares, un individuo no puede o no debería –y nunca léanse estas reflexiones como un sermón– dejarse arrastrar a la semejante presión a la que se exponen por un puñado de dólares (para parafrasear al western protagonizado por Clint Eastwood) ¿O sí?

Y en esos escenarios, por cierto, la condición humana se deja ver: las miserias privadas están a la vista completando un paisaje que seguramente divide a la teleaudiencia que, finalmente, se engancha y vota. Pero habrá que decir que el mundo no se hizo para estos ejercicios de manipulación tan potentes y que, si aprobamos (y esto es una lectura personal) tales módulos de comportamiento como elementos éticos regidos por las reglas arbitrarias de los productores, estamos todos locos.

El primero que fracture todas las reglas de estos penosos aunque supertaquilleros reality-shows, será el verdadero vencedor. Es decir: acabar con los sets, con los modos de ser y no ser, con los actings frente a las cámaras. Ser fiel a uno mismo y hacer un ejercicio punk y rompan literalmente todo, para que el juego deje de ser la idea o noción de un juego y no el juego de los perversos. Aunque seguramente no pasará: la televisión ha dado un paso fuerte en su manera de relacionarse y todo esto dará royalties para rato, para un buen rato.

La pregunta es: ¿es sano estar 24 horas mirando a un grupo de individuos que se quieren, se enfrentan, se enamoran, se votan a favor y en contra? La vida es una telenovela. Habrá que volver a falsear su posible sistema de verdad, ahora con personajes de la propia realidad.

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