Los pies clavados
El poeta es siempre un furtivo explorador de sentimientos y –en cierta medida– un paleontólogo de la palabra, que descubre y reúne dispersos fragmentos de sueños a menudo coagulados en el tiempo y el espacio.
No teme desafiar a los inconmovibles códigos de la razón ni a los convencionalismos, porque asume que la vida siempre requiere de un indispensable componente de transgresión. Porque escribir es, más allá de la mera belleza estética o estructural, la osada aventura de recuperar a pleno la libertad de sentir.
Asumir este género literario es siempre una suerte de épica, porque la habitual complejidad de su lectura lo expone con frecuencia al olvido o la indiferencia.
El escritor y compositor tacuaremboense Washington Benavides es –sin dudas– uno de los insoslayables referentes de la poesía uruguaya. Su escritura es un soplo de lirismo sobre cada fragmento de humanidad, que cobra vida por la intensidad de su pluma.
Toda su vasta carrera literaria está identificada con la impronta de la pasión y el compromiso, que trascienden a la mera escritura para transformarse en su razón de ser.
En «El mirlo y la misa», su anteúltima obra publicada el año pasado, el creador ensayaba una suerte de eclecticismo que mixturaba libremente las formas poéticas. No obstante, la calidad de su obra, como es habitual, se sostenía por la riqueza de sus contenidos y su mensaje de connotación eminentemente ética.
En este tercer milenio cargado de incertidumbres y desafíos, Washington Benavides renueva su empedernida pasión por el verso con la entrega de una nueva compilación: «Los pies clavados».
Sin embargo, en esta oportunidad opta por el soneto, en un pequeño libro que reúne treinta y tres piezas poéticas seleccionadas de su vasto repertorio artístico.
Esta obra se resuelve en un tríptico, cuyos tres segmentos reúnen once sonetos cada uno, abarcando parte de la creación de Benavides desde 1956 a 1998.
La primera parte, intitulada «Los pies clavados» al igual que el libro, alude naturalmente en forma ciertamente no muy subliminal al calvario de Jesucristo.
Más allá de connotaciones religiosas, Benavides desacraliza la pasión del profeta y la humaniza para acercarla a la propia peripecia del lector. Sin embargo, no soslaya la crudeza del dolor de las carnes desgarradas por la punción del clavo, que –en más de un sentido– representa las propias angustias humanas atravesadas por la violencia y la intolerante prepotencia.
Esta serie de versos descubre osadamente los complejos laberintos lúdicos del lenguaje, ensayando una intensa exaltación de la espiritualidad más allá de los meros territorios de la convencional veneración religiosa.
Este primer tramo de la obra consagra una unidad aleatoria entre la belleza estética característica del discurso poético del autor, con la impronta entrañable del contenido. En el segundo segmento, bautizado como «La yedra y el muro», la escritura del autor tacuaremboense se estaciona en los territorios del amor como nutriente, sustento y suprema fuerza motriz de la vida.
En esta serie de once poemas, escritos entre 1961 y 1964, la pluma del autor se transforma en una llave que abre corazones y descubre inconfesados secretos.
Benavides «profana» la intimidad de los amantes, para desnudar sus cuerpos y sus almas, en una gratificante sinfonía poética impregnada de formas, sonidos y olores. Aflora, entonces, el cuerpo en tanto sujeto y objeto de disfrute, como vehículo privilegiado por donde transita la pasión más allá de los afectos.
En este tramo, el verso de Washington Benavides asume rasgos eróticos, tornándose desafiante, osado y hasta irreverente, en una suerte de aventura literaria que reivindica la libertad de expresar emociones con la piel y todos los sentidos.
El tercer componente de este tríptico poético, «Sonetos del aspirante a mago», recopila otras once creaciones concebidas contemporáneamente entre 1994 y 1998. En este último tramo de su obra, el poeta avizora el ahora ya nacido nuevo siglo.
Pasea su pluma por las emociones propias y ajenas, por los territorios del arte, la creación y la perplejidad. Explora retrospectivamente el pasado, se estaciona en el presente y visualiza el futuro.
Estos «Sonetos del aspirante a mago» cierran el círculo concéntrico que nació a partir de esos pies clavados por la intolerancia, la soledad y la indiferencia, que simbolizan también la peripecia humana en toda su dimensión dialéctica.
Washington Benavides reivindica, una vez más, la empecinada liturgia escritural de la poesía. Pasea raudamente su pluma por las diversas estaciones emocionales de la vida, sugiriendo que escribir es tanto un placer como una suerte de catarsis.
En «Los pies clavados», Washington Benavides comparte –como es habitual–las angustias e inquietudes humanas, pero también los afectos, las esperanzas y las siempre renovadas utopías.
El autor tacuaremboense ensaya una escritura para degustar, por su estilo, su textura y la riqueza de su atildado lenguaje. No obstante, renuncia a la contemplación narcisista de su obra, para integrarse entrañablemente al paisaje humano.
El creador no abusa de la metáfora, a la que integra a su verso en la medida justa, en tanto recurso estético e idónea herramienta de interpretación simbólica.
Trabaja minuciosamente la trama íntima de los sentimientos, integrando su pluma al mapa humano sin subterfugios ni dobles discursos.
Washington Benavides apela a la emoción como materia prima insoslayable de su verso, convocando al lector a la gratificante experiencia de compartir la dimensión lírica del arte literario.
Enfrentado hoy a la emergencia de transitar los primeros tramos de este tercer milenio mutable y a menudo paradójico, el poeta tacuaremboense conserva la autenticidad y espontaneidad de sus albores creativos.
Basta comparar sus creaciones de hace más de cuatro decenios con su producción contemporánea, para inferir que la obra del entrañable escritor, más allá de su diversidad, conforma toda una secuencia que ciertamente trasciende al tiempo.
Washington Benavides asume que escribir poesía es un desafío permanente, pero lo hace con la misma sensibilidad de antaño, sin renunciar a su irrefrenable vocación de alimentar permanentemente la indispensable utopía de sentir.
(Ediciones de la Banda Oriental)
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