Corro para vivir, vivo para correr
Reinaldo Arenas fue un ventarrón tan auténtico, tan avasallante y tan cubano en su actitud que aquellos que quieran afiliarlo al obsesivo y ya enfermizo anticastrismo encajonado en Miami, van a equivocarse tremendamente. Arenas nunca fue ni será Valladares, ni tampoco otros ejemplos de mala entraña.
Pero ese formidable escritor que fuese Reinaldo Arenas, y que en su momento adhirió a la Revolución Cubana, sufrió sin embargo la persecución en los tiempos más hardcore del castrismo cuando se supo de su condición de homosexual. No solamente pasó con Arenas. A Nicolás Guillén, casi un héroe nacional, no le ocurrió nada pero le mandaron como embajador a Europa. A visitantes por entonces de la estatura mayor del poeta beatnik Allen Ginsberg directamente lo expulsaron de Cuba, durante un congreso de escritores, y ni siquiera la gestión de pares como el chileno Nicanor Parra y otros pudieron revertir tal situación. ¿Cómo Ginsberg iba a confesar en público que quería pasárselo en la cama nada menos que con el Che Guevara? La homofobia pululaba en la interna de las cabezas de mando de la Revolución Cubana.
En cambio Calvert Casey, otro atractivo escritor cubano con paradójico apellido anglosajón, también sufrió los embates de una persecución tremenda. Como la que le ocurrió a Reinaldo Arenas y que, ciertamente, antes de morir de sida en 1990 en Nueva York, dejó constancia en su fascinante libro de memorias Antes que anochezca en el que se apoyó obviamente el filme protagonizado formidablemente por el español Javier Bardem y dirigido por Julián Schnabel (quien ya había hecho un filme de culto denominado Basquiat, que aquí fue directo a vídeo) con aplicación y respeto por los contenidos del texto.
Lo cierto es que Antes que anochezca, el filme, es un frontal alegato contra la homofobia en un contexto de claro porte denunciatorio porque Arenas, el individuo, estuvo recluido en la cárcel, padeció el terror, así como en sus días de libertad era un torrente: un personaje de esos que están marcados por el desborde y el acantilamiento. Una febrilidad que le servía para su sistema escritural como para su confesa homosexualidad y también su solidaridad con la tribu marginal de la cual formaba parte cuando cayó en desgracia. Y hasta que logró zafar en 1980, desde el puerto de Mariel, en la célebre decisión de Castro de abrir las puertas a quien quisiera marcharse, aunque Arenas no rumbeó para Miami sino para Nueva York. Allí vivió durante un decenio y allí, desesperadamente, murió en el transcurso de 1990.
Bardem es uno de los mejores actores europeos, no solamente por su potencial físico, sino por sus habilidades histriónicas y en consecuencia su versatilidad expresiva. Ha sido un chico Almodóvar de altura y asimismo un chico pesado de la estética que plantea alguien como Alex de la Iglesia. Lo cierto es aquí, entre el humor y el terror, los desbundes y el fluir melancólico, todo muy bien dado por Schnabel en la elaboración de climas, Bardem compone a un Reinaldo Arenas convincente y por momentos fuera de serie.
Acompañan en este filme teñido de dramatismo el siempre solvente Johnny Depp y el francés Olivier Martínez, quien compone a otro escritor y compañero de Arenas, Lázaro Gómez Carriles, quien se involucró en el proyecto cinematográfico de Schnabel como coguionista.
El filme, desde luego, en algún momento podría haber tenido sus secuelas polémicas. Actualmente no. Reinaldo Arenas era gay y lo cantó a los cuatro vientos en tiempos de ventarrones libres de la Revolución Cubana. Así le fue. Merece verse.
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