LA LENGUA NO ES DE TRAPO

Desde que el actual presidente fue elegido candidato a la Presidencia, desde la derecha se lanzaron violentas andanadas contra su imagen informal y, sobre todo, contra su lenguaje no académico. Se le criticaban ciertos vicios de pronunciación, el empleo de ‘voces malsonantes’ ­que ponían los pelos de punta a los prolijos redactores de «El País»­, el recurso a refranes populares y el uso de determinados barbarismos como decir ‘puédamos’ en lugar de ‘podamos’.

Es cierto que prefiero conjugar la primera persona del plural del subjuntivo en su forma correcta, pero ese lenguaje llano del Pepe y el uso de voces malsonantes no me disgustan para nada, pues no son una pose de alguien que pretende fabricarse una imagen populista, sino que es la auténtica forma de expresarse de Mujica; es el lenguaje de las clases populares, que ven en el presidente a uno de los suyos, y con razón.

Lo que me sorprende ­y me irrita­ es que unos cuantos de quienes señalan con el dedo al Pepe y se burlan de su modo de hablar, no están en condiciones de hacerlo ya que ellos mismos cometen errores lingüísticos sin que nadie se alarme por ello.

En el Parlamento, en los discursos, en las apariciones televisivas, muchos prohombres que ven con horror al chacarero devenido presidente, caen en barbarismos que me he ocupado de denunciar en esta columna.

El dequeísmo está a la orden del día. Muchos legisladores no piensan que las cárceles están superpobladas, ni dicen que hay que condenar a Cuba; ellos piensan ‘de’ que las cárceles están superpobladas y dicen ‘de’ que hay que condenar a Cuba…

Asimismo, cometen un yerro sintáctico al afirmar, por ejemplo, que ‘hubieron’ problemas de interpretación o que ‘van’ a haber dificultades o que ‘siguen’ habiendo rapiñas en las calles. Olvidan que el verbo haber, cuando no es auxiliar, se comporta como unipersonal y se conjuga siempre en tercera persona del singular: Hubo problemas; va a haber dificultades; sigue habiendo rapiñas en las calles.

Si no empezamos a cuidar nuestra forma de hablar, no tenemos autoridad moral para criticar a nadie.

–Y si usted, Mendieta, no manda la vuelta, no lo autorizo a perorar más ni a criticar a los pobres senadores.

–¡Qué lo parió!

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