Alicia en el País de las Maravillas
El resultado es una producción que, sin dejar de homenajear respetuosamente la obra original (incluso transfiriendo al celuloide digital los personajes dibujados por John Tenniel, que ilustró la primera edición del libro), reinventa la historia a partir de un personaje que ya no es una niña sino una joven adolescente de diecinueve años.
Conminada a un casamiento «social» en un ascéptico contexto victoriano, Alicia decide huir y retorna por accidente a «Wonderland» (que ahora se enuncia «Underland») un territorio mágico que creía haber soñado en su tierna infancia, donde deberá enfrentarse nuevamente a la Reina de Corazones. Si bien la adaptación de Disney en 1951 marcó a fuego la retina de varias generaciones con una suerte de postal colorida, este inquietante submundo ya había tenido otras traducciones un poco más oscuras, en donde también puede anotarse el filme insonoro de 1903 de Cecil Hepworth, la del animador checo Jan Svankjmajer y una versión televisiva del británico Jonathan Miller. (Existen otras, a saber: Joseph L.Mankiewicz en 1933; Josef Shaftel en 1972 y una extravagancia llamada «Dreamchild» filmada en 1985 por Gavin Millard sin contar otras realizaciones menores para la pantalla chica).
En esta oportunidad, sin embargo, Burton descarta el tono sombrío gótico al que nos tiene acostumbrados para jugarse por una estructura relativamente «abarcadora» con respecto al gran público (no olvidemos que las funciones también pueden verse dobladas al español en 3D). El resultado, en este caso, quizás quede a medio camino entre la genialidad y lo convencional donde, a la mitad de la proyección, las reformulaciones guionísticas de Burton hacen que el largometraje termine pareciéndose demasiado a pasajes de Harry Potter y/o las crónicas noveladas de C. S. Lewis que el director Andrew Adamson llevara al cine en 2005. Convengamos que el sello propio del realizador de «Charlie y la fábrica de chocolate» y «El cadáver de la novia» aparece en buena parte del metraje y logra picos de fascinación, sobre todo en la arquitectura onírica del contexto (a juicio de quien suscribe solamente Terry Gilliam podría empardar dicha inventiva) pero todo esto no alcanza para redondear un título mayor como hubiera merecido el insigne novelista, fotógrafo y matemático Lewis Carroll. De todas formas, la suerte ya está echada y según confirman las agencias noticiosas el largometraje viene rompiendo récords de taquilla en los Estados Unidos desde el día de su estreno. Atendiendo esta realidad, resultaría bastante saludable que las nuevas generaciones, además de disfrutar la propuesta de este mago del cine, también se acercara a las fuentes originales para paladear las genialidades y múltiples «lecturas» de un autor que, para muchos, resultó el auténtico fundador del surrealismo. Ojalá que esta retroalimentación se produzca.
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