En cartel. "Un hombre serio", el principio de la incertidumbre

Obra mayor de los hermanos Coen

En un primer vistazo, la simple vida del docente transita por los normales carriles de una existencia pacífica y convencional a fines de la década del 60.

Sin embargo esa tranquila rutina comienza a desmoronarse paulatinamente debido a la infidelidad de su esposa, algunos desencuentros conflictivos con sus hijos, los problemas con la policía que sufre un pariente cercano y un presunto intento de soborno por parte de un alumno asiático que ha reprobado su examen.

Con una precisión quirúrgica en los diálogos y un sutil crescendo tragicómico ­a través de esta historia mínima­ los realizadores de «Simplemente sangre» van demoliendo creencias, satirizando determinados aspectos de la religiosidad hebrea y logrando generar, sobre todo, ese principio de incertidumbre que desasosiega a la platea tanto como al personaje protagónico.

Lo hacen desde un registro de la cotidianeidad de cualquier hijo de vecino pero con una extrema puntería en la selección de gestos, rostros y recursos narrativos salteando, a juicio de este cronista, cualquier limitación que el propio desconocimiento de la cultura judía pueda suponer para un espectador desprevenido.

El señalamiento viene al caso porque cierto sector de la crítica ha enfatizado dicho aspecto en relación a una creación que recoge múltiples aspectos del judaísmo sin mayores introducciones explicativas (rituales de divorcio, el bar-mitzvah, la leyenda del Dybbuk, etcétera).

En realidad, más allá de posibles referentes autobiográficos, el largometraje rememora la fragilidad de nuestra existencia en un mundo donde no parece caber ninguna seguridad.

No es casual que este profesor recuerde el denominado principio de indeterminación de Werner Heinserberg, quien señalaba que «no se puede determinar (…) con precisión (…) ciertas variables físicas, como son, por ejemplo, la posición y el momento lineal de un objeto dado. En otras palabras, cuanta mayor certeza se busca en determinar la posición de una partícula, menos se conoce su cantidad de movimiento lineal».

Para decirlo en criollo, a principios del siglo XX ya se estaba afirmando que el llamado determinismo científico no era viable porque resultaba imposible erradicar cierto margen de error en cualquier cálculo.

Parecería ser, en definitiva, que en este mundo nunca podríamos tener una medida exacta de nada lo que ­a modo de metáfora­ el filme prolonga al devenir de la existencia humana en la búsqueda de respuestas concretas. (En este sentido, cabe señalar la impecable mordacidad con la que los Coen se burlan de ciertos sermones vacíos de contenido que intentan paliar la desesperación, mezclando absurdidad y humor negro de manera antológica).

Es, sin duda, una obra mayor (de corte independiente y autoral) en la cual algún sector de la platea puede quedar desenfocado por un desenlace incierto que profundiza la precariedad de nuestro pasaje por el mundo. A pesar de estas posibles desazones, aquellos espectadores que logren entrar en el corazón de la película accederán a una auténtica «experiencia religiosa» y cinematográfica de primer nivel.

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