Lenguaje. Los desafíos como máscaras de los problemas

Palabras: guardianas de las ideas

Es desechar esas palabras como productos del cansancio y la rutina; pero se entrevé un sentido, quizás involuntario, en esos objetos verbales vacíos.

Y no es indiferente, ni el natural producto de la «evolución», que la expresión sea cada vez más pobre. Escribió Alain que las palabras son las guardianas de las ideas; George Orwell, más directamente («Politics and the English language») indicó que el descuido del lenguaje nos hace proclives a pensamientos disparatados.

Lo que hacemos nos hace. Pascal escribió que para creer en Dios «…hay que hacer como que se cree, tomando agua bendita, mandando decir misas.

Naturalmente, esto os hará creer y os atontará».

La más reiterada de las palabras vacías en uso, la más cargosa, porque apenas hay un día en que diarios o informativos no la empleen, es «desafíos».

Antes enfrentábamos «problemas»; pero ni un problema es un desafío ni un desafío es un problema. Los problemas existen por sí mismos; los desafíos son contingentes y requieren el concurso de algo exterior, por lo general de otra u otras personas. «El vizconde rubio de los desafíos» que menciona Rubén Darío en «Divagación» es un peleador que busca otro espadachín.

Por donde «desafío» adquiere un matiz bélico; la guerra, invento infernal, hace que se justifique y se perdone todo; todo desciende al nivel de fuerza mecánica; la guerra nos quiere niños. Los problemas se reducen a lances caballerescos. Fue a la guerra; afrontó el desafío. Perdió, fue herido, fue muerto; hizo lo que podía. Lo único que se espera en un desafío es que se pelee y se tenga suerte. No es nuestra responsabilidad resolver nada.

La insistencia, aun en el lenguaje oficial, de la palabra «desafío» tiene un matiz de irresponsabilidad. Muy del Uruguay, donde nadie es responsable de nada. Ganar el pan para el sustento de nuestros hijos no es un «desafío»; no es algo que pueda quedar librado al azar de contingencias externas. Tenemos que hacerlo. Es una obligación; cómo la cumplimos es nuestro problema.

Pero lo peor de los «desafíos» es su desdichado origen hiperintelectual y como consecuencia poco original. «Desafíos» es una mala traducción de palabras prestadas: de textos en inglés con la palabra «challenge». Mala traducción, porque «challenge» no es exactamente desafío: el inglés tiene como equivalente de desafío otra palabra, del mismo origen que la española, «defy». «Challenge» es, también, convite a pelear; pero más a menudo significa «cuestionamiento» o «impugnación», cosas razonables, que deben razonarse. Abandonemos el inglés a los ingleses y los desafíos a los patoteros.

Ligada al desafío, en la misma línea de consagración a la inercia del azar, está la apuesta». Nuevamente, todo depende del Hado, de un frívolo golpe de la suerte. Leemos que «Uruguay necesita una revolución cultural que apueste a la resolución de los conflictos».

Ya no se trata de lograr que los conflictos se resuelvan: es suficiente la apuesta, previa una extraña «revolución cultural» de la que no se sabe en qué cuchilla ha de iniciarse; todo está librado al azar; con el azar tenemos el dulce sopor de la irresponsabilidad. ¿A quién podemos culpar de que una «apuesta» no acierte? Quitémosle la máscara a los desafíos.

No más apuestas. Las que hay, dos veces por día y aún a toda hora, son demasiadas.

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