La lucha por la supervivencia
En efecto, la historia es pródiga en heroicos partos transformadores, devenidos de la fermental batalla teórica de ideas pero también de las revoluciones libertarias que modificaron radicalmente los rumbos cardinales del destino de la humanidad.
El efímero Frente Popular, que gobernó a Francia entre 1936 y 1938, fue, sin dudas, una de las más potentes experiencias refundacionales de la primera mitad del siglo pasado.
Nacida al calor de la movilización de masas y del espíritu comunero, esta organización política bregó por los derechos de los trabajadores oprimidos, el descanso pago, la limitación de la jornada laboral y la libertad sindical, entre otras conquistas no menos trascendentes.
Sin embargo, entre marchas y contramarchas, la primavera socialista feneció rápidamente por los coletazos de la crisis económica mundial, el poder desestabilizador de la burguesía y sus propias contradicciones.
«La canción de París», del cineasta Christophe Barratier, es una historia ambientada precisamente en 1936, entre huelgas, ocupaciones de fábricas y una atmósfera de efervescencia popular.
El relato que es un poderoso y emotivo fresco épico se centra en la peripecia de un grupo de desocupados que comparten la común utopía de sostener en pie un humilde teatro de musichall cerrado hace varios meses.
Obviamente, la propiedad del hipotecado inmueble no les pertenece, por lo cual deberán transar para sobrevivir a duras penas, en condiciones particularmente adversas.
La anécdota transcurre en un tradicional barrio obrero parisino, poblado por personajes pintorescos e impregnado de arraigadas costumbres, sentimientos solidarios, poesía urbana y nostálgicas melodías.
Alentados por el triunfo del Frente Popular y por el indomeñable espíritu del veterano utilero Pigoil (Gérard Jugnot) que lucha además por la custodia de su pequeño hijo estos artistas aficionados se abocan a la temeraria aventura de existir.
Esta pequeña epopeya es compartida, además, por Milou (Clovis Cornillac), un electricista revolucionario y donjuanesco, y Jack (Kad Merad), el ex hombre sándwich que sueña con ser la gran estrella del teatro de variedades.
Esta épica humana, que tiene naturalmente mucho de utopía, se desarrolla paralelamente al movimiento obrero que reclama por mejores condiciones de trabajo y la construcción de una sociedad más justa.
La irrupción de la joven y enigmática cantante Douce (Nora Arnezeder) y del «dueño» del barrio Galapiat (Bernard-Pierre Donnadieu) que es un aliado de la ultraderecha empresarial deviene en una auténtica catarata de conflictos.
Sin embargo, aquí el personaje clave es el pintoresco Monsieur TSF (magistral Pierre Richard), quien recluido hace veinte años en su casa y aferrado a su radio es una suerte de símbolo de una época de cotidianas turbulencias.
Entre la comedia musical y el drama, el director Christophe Barratier, recordado por el estupendo filme «Los coristas», construye una historia sensible y de entrañable sesgo humanista.
El filme describe una peripecia no demasiado diferente a la de los desocupados contemporáneos, que también cargan sobre sus agobiadas espaldas con el ominoso estigma de la pobreza provocada por un sistema tan injusto como perverso.
El cineasta Christophe Barratier construye un filme de singular vuelo poético, que muestra una París que tiene mucho de onírico y hasta de irreal, más allá de los radicales contrastes sociales.
En ese contexto, el realizador alterna la utilización de planos largos para retratar la geografía del barrio y planos cortos para registrar los rostros de los protagonistas.
«La canción de París» es una comedia agridulce, que reflexiona sobre la naturaleza humana y las grandes epopeyas populares por la construcción de una sociedad más digna.
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